Respeto, no pétalos rosa
Alma
Karla Sandoval
Un poco de aprobación es lo
máximo que ellas podrán conseguir o inspirar en un orden falogocéntrico. Aun
cuando consigan ser la superwoman que venden las revistas: exitosa, inquebrantable, guerrera, guapa, vestida de
certezas, de cuerpo donde el patriarca descansa muy a gusto, saciado, en
silencio porque como no habla mucho ni es profunda, es decir, esconde su
inteligencia; no existe más allá de la imaginación masculina porque ahí las
mujeres no poseemos relato, no somos protagonistas tomadas en serio a menos que
nos consideren una anomalía. Sherezade no es sexi a largo plazo. La cuentacuentos
mejor dotada de la historia resulta demasiado brillante porque ni en la cama coloca
punto final a las conversaciones. Tiene poder, su defensa ante la inminente
violación es el lenguaje. Lúcida y superviviente, descubre a tiempo que no
todos los amores deben ser vividos y que, a lo sumo, aprobarán el hecho de que
se salvó a punta de mentiras, de ficciones, de traicionar la “realidad”.
Ahí tienen, una
de las máximas heroínas de la literatura universal no es respetada. Cualquier
macho alegaría que Sherezade es el antídoto de la lujuria porque no puede
callarse. Empero, si obedece y solo habla cuando le dan permiso, mucho menos la
reconocerán. La trampa resulta huera por evidente. El patriarcado se revela
idiota cuando zurce sus propios agujeros, cuando exhibe las vulgares costuras
de su incompetencia. Pero como lo hemos endiosado, las mujeres aprendemos a
amar la imperfección, la asimetría en el trato mediante un dispositivo que,
dicen, nos encumbra: el perdón. Ergo, la buena es la desmemoriada, la dócil,
con la que se puede bailar, siempre y cuando me siga; esa mujer con la que se
conversa “rico”, pues no me contradice, cuestiona, confronta, no se ríe de mí cuando
señala que el rey va desnudo o que no llega ni a conde ese paje disfrazado de
sultán.
Mansplaining y
manterrupting, dos estrategias que actúan micropolíticamente en detrimento
de la autoestima de la mujer. Entrelíneas va la condescendencia doliente de la supremacía
intelectual del varón, comúnmente blanco, bien remunerado, planchado y eyaculado;
sobre todo protegido por el orden neoliberal que premia la buena conducta del
feligrés del consumo y el macho proveedor capaz de mantener a la esposa bien vestida,
bien comida y bien…, como si de una mascota se tratara. Por ende, el respeto refulge
en su ausencia. La devoción por las vírgenes, las madonas, las madres que se
sacrifican, las esposas abnegadas, las novias dulces, esos taimados arquetipos
no son equivalentes al reconocimiento de la humanidad de la otra, es decir, de
su dignidad en términos igualitarios donde la equidad es un requisito sine
qua non para consumarse. Esos ejemplos son fantasiosos porque el paradigma de
la “santa” resulta anestésico. En el mejor de los casos, esas mujeres que aguantan
todo inspiran devoción. La verdad es que provocan un azucarado dejo de lástima
cuando el dolor soportado, la herida vergonzosa del sacrificio, se ocupa como
moneda de cambio al entender que. “sufro como Magdalena en nombre de la culpa
que te haré sentir”, de todas formas, ellos no están capacitados para reconocerlas
como iguales, por eso las mantienen y algunas, presas del desvalimiento
aprendido, se conforman. No justifico esa estrategia inconsciente en un mundo
donde la precariedad laboral es un monstruo invencible, pero sí aplaudo casi todos
los comportamientos femeninos en nombre de la supervivencia porque si nos están
matando o mutilando psicológicamente a punta de bofetadas invisibles de amor
romántico, de una fina metodología infalible para que dudemos de nosotras todo
el tiempo, es obvio que no nos respetan ni lo harán dentro de las coordenadas
siniestras y ruinosas del patriarcado que insiste en respirar. Debemos dejarlo
morir. Pero, entubado, bien procurado en esta época de violadores que se señalan
con el dedo, supera recaída tras recaída. A veces parece inmortal, un personaje
de cuento de Borges sin máscara enciclopédica.
Es sabido que los
hombres buscan cheeleaders para sentirse reconocidos y valorados en una
relación; las mujeres maduras o emancipadas, toy boys. La diferencia es
que, en el primer caso, la compañera en cuestión apoyará en las buenas y en las
malas al atleta que adora, incluso si fracasa lo consolará, le hará una cena o
felaciones que restituyan el ego del perdedor. En el segundo, la mujer corre
más riesgos porque el juguete puede cobrar vida como si tratara de una Galatea
con pene y luego rebelarse, irse con alguien de su edad o detrás de una porrista
cuando mediante el amor ilimitado de la emancipada, el toy boy aprenda rapidísimo
las ventajas del autorrespeto. En síntesis, el amor de ellas posee más
posibilidades lúdicas de metamorfosis, de pulsión de vida y muerte porque se
adapta, incluso si se descuartiza, se regenera. El de ellos, el amor romántico
que practican como si de masturbarse se tratara, es un ejercicio de catarsis
emocional cuya función es disminuir los miedos de la masculinidad en crisis: el
miedo a estar afectivamente solo, el miedo al miedo y el miedo al fracaso, ¿en
medio de semejantes desafíos puede un hombre sobreponerse respetando a una
portadora de vagina dentada?
Cuando las
mujeres exigen ser tratadas como seres humanos, cuando no pactan con el heteropatriarcado
o el consumo de los cuerpos y no se arrodillan ante el influjo del amor romántico,
cuando aman desde su fuerza, pero sobre todo desde la alambrada de sus límites porque
el amor incondicional es enfermo, porque las fronteras son necesarias entre los
amantes, porque laisse faire, laisse passer es liberalismo en su peor
versión sentimental, las mujeres son estigmatizadas. Ellas no pueden darse el
lujo de demandar paridades a la hora de la entrega amorosa. En el plano
simbólico y en el intercambio de los caprichos como de las epidermis, el hecho
de que ellas pidan ser amadas, es decir, correspondidas con solvencia afectuosa,
con tierna confianza; enciende la alarma históricamente misógina de la psique
masculina. Entonces, él se pregunta: ¿cómo se atreven las mujeres a pedir que
seamos iguales a la hora de las consecuencias de la entrega total cuando se ama
en términos modernos? Después de todo, “los patos no les tiran a las escopetas”,
suelen repetir en el bar, en el burdel, en el trabajo o mientras orinan de pie y
se quejan de las feministas radicales.
Exigir respeto
se traduce entonces en una sublevación, una declaración de guerra, en la
ruptura de una norma por la que te castigarán con todo y que “a las mujeres no
se les toca ni con el pétalo de una rosa”. No obstante, las escopetas, los
misiles, las bombas atómicas del desprecio masculino y los refuerzos del
delatorismo femenil, todos juntos, conforman un eje del mal, un dream team
de aliados del capitalismo gore, prestos a hacerte papilla. Lo consiguen si la
mujer que ama y se ama no pone en palabras esa vulnerabilidad, ese desamparo,
esa guerra que no admite porque su cuerpo sentipensante se suele transformar en
una bandera blanca o en una venda cuando el orgullo del macho es herido por sus
congéneres: “demuéstrale quién es el hombre”, recomiendan.
Sea cual sea el
final o el principio, si las mujeres exigen respeto son vistas con sospecha, se
les manda a trapear para entretenerse, a la iglesia para arrepentirse, a
terapia para tranquilizarse, a la cama para someterlas hasta que olviden su
nombre (si tienen suerte) luego de un potente orgasmo o el dolor de un abuso
disfrazado de débito carnal. Como fuere, hay que detenerlas, no vaya a ser que
un día deban respetarlas, que en el circo crezcan los enanos.