lunes, 20 de enero de 2020


Respeto, no pétalos rosa
Alma Karla Sandoval
                                                      Resultado de imagen para pétalos de rosa
                                                           
Un poco de aprobación es lo máximo que ellas podrán conseguir o inspirar en un orden falogocéntrico. Aun cuando consigan ser la superwoman que venden las revistas: exitosa, inquebrantable, guerrera, guapa, vestida de certezas, de cuerpo donde el patriarca descansa muy a gusto, saciado, en silencio porque como no habla mucho ni es profunda, es decir, esconde su inteligencia; no existe más allá de la imaginación masculina porque ahí las mujeres no poseemos relato, no somos protagonistas tomadas en serio a menos que nos consideren una anomalía. Sherezade no es sexi a largo plazo. La cuentacuentos mejor dotada de la historia resulta demasiado brillante porque ni en la cama coloca punto final a las conversaciones. Tiene poder, su defensa ante la inminente violación es el lenguaje. Lúcida y superviviente, descubre a tiempo que no todos los amores deben ser vividos y que, a lo sumo, aprobarán el hecho de que se salvó a punta de mentiras, de ficciones, de traicionar la “realidad”.

Ahí tienen, una de las máximas heroínas de la literatura universal no es respetada. Cualquier macho alegaría que Sherezade es el antídoto de la lujuria porque no puede callarse. Empero, si obedece y solo habla cuando le dan permiso, mucho menos la reconocerán. La trampa resulta huera por evidente. El patriarcado se revela idiota cuando zurce sus propios agujeros, cuando exhibe las vulgares costuras de su incompetencia. Pero como lo hemos endiosado, las mujeres aprendemos a amar la imperfección, la asimetría en el trato mediante un dispositivo que, dicen, nos encumbra: el perdón. Ergo, la buena es la desmemoriada, la dócil, con la que se puede bailar, siempre y cuando me siga; esa mujer con la que se conversa “rico”, pues no me contradice, cuestiona, confronta, no se ríe de mí cuando señala que el rey va desnudo o que no llega ni a conde ese paje disfrazado de sultán.

Mansplaining y manterrupting, dos estrategias que actúan micropolíticamente en detrimento de la autoestima de la mujer. Entrelíneas va la condescendencia doliente de la supremacía intelectual del varón, comúnmente blanco, bien remunerado, planchado y eyaculado; sobre todo protegido por el orden neoliberal que premia la buena conducta del feligrés del consumo y el macho proveedor capaz de mantener a la esposa bien vestida, bien comida y bien…, como si de una mascota se tratara. Por ende, el respeto refulge en su ausencia. La devoción por las vírgenes, las madonas, las madres que se sacrifican, las esposas abnegadas, las novias dulces, esos taimados arquetipos no son equivalentes al reconocimiento de la humanidad de la otra, es decir, de su dignidad en términos igualitarios donde la equidad es un requisito sine qua non para consumarse. Esos ejemplos son fantasiosos porque el paradigma de la “santa” resulta anestésico. En el mejor de los casos, esas mujeres que aguantan todo inspiran devoción. La verdad es que provocan un azucarado dejo de lástima cuando el dolor soportado, la herida vergonzosa del sacrificio, se ocupa como moneda de cambio al entender que. “sufro como Magdalena en nombre de la culpa que te haré sentir”, de todas formas, ellos no están capacitados para reconocerlas como iguales, por eso las mantienen y algunas, presas del desvalimiento aprendido, se conforman. No justifico esa estrategia inconsciente en un mundo donde la precariedad laboral es un monstruo invencible, pero sí aplaudo casi todos los comportamientos femeninos en nombre de la supervivencia porque si nos están matando o mutilando psicológicamente a punta de bofetadas invisibles de amor romántico, de una fina metodología infalible para que dudemos de nosotras todo el tiempo, es obvio que no nos respetan ni lo harán dentro de las coordenadas siniestras y ruinosas del patriarcado que insiste en respirar. Debemos dejarlo morir. Pero, entubado, bien procurado en esta época de violadores que se señalan con el dedo, supera recaída tras recaída. A veces parece inmortal, un personaje de cuento de Borges sin máscara enciclopédica.

Es sabido que los hombres buscan cheeleaders para sentirse reconocidos y valorados en una relación; las mujeres maduras o emancipadas, toy boys. La diferencia es que, en el primer caso, la compañera en cuestión apoyará en las buenas y en las malas al atleta que adora, incluso si fracasa lo consolará, le hará una cena o felaciones que restituyan el ego del perdedor. En el segundo, la mujer corre más riesgos porque el juguete puede cobrar vida como si tratara de una Galatea con pene y luego rebelarse, irse con alguien de su edad o detrás de una porrista cuando mediante el amor ilimitado de la emancipada, el toy boy aprenda rapidísimo las ventajas del autorrespeto. En síntesis, el amor de ellas posee más posibilidades lúdicas de metamorfosis, de pulsión de vida y muerte porque se adapta, incluso si se descuartiza, se regenera. El de ellos, el amor romántico que practican como si de masturbarse se tratara, es un ejercicio de catarsis emocional cuya función es disminuir los miedos de la masculinidad en crisis: el miedo a estar afectivamente solo, el miedo al miedo y el miedo al fracaso, ¿en medio de semejantes desafíos puede un hombre sobreponerse respetando a una portadora de vagina dentada?

Cuando las mujeres exigen ser tratadas como seres humanos, cuando no pactan con el heteropatriarcado o el consumo de los cuerpos y no se arrodillan ante el influjo del amor romántico, cuando aman desde su fuerza, pero sobre todo desde la alambrada de sus límites porque el amor incondicional es enfermo, porque las fronteras son necesarias entre los amantes, porque laisse faire, laisse passer es liberalismo en su peor versión sentimental, las mujeres son estigmatizadas. Ellas no pueden darse el lujo de demandar paridades a la hora de la entrega amorosa. En el plano simbólico y en el intercambio de los caprichos como de las epidermis, el hecho de que ellas pidan ser amadas, es decir, correspondidas con solvencia afectuosa, con tierna confianza; enciende la alarma históricamente misógina de la psique masculina. Entonces, él se pregunta: ¿cómo se atreven las mujeres a pedir que seamos iguales a la hora de las consecuencias de la entrega total cuando se ama en términos modernos? Después de todo, “los patos no les tiran a las escopetas”, suelen repetir en el bar, en el burdel, en el trabajo o mientras orinan de pie y se quejan de las feministas radicales.

Exigir respeto se traduce entonces en una sublevación, una declaración de guerra, en la ruptura de una norma por la que te castigarán con todo y que “a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa”. No obstante, las escopetas, los misiles, las bombas atómicas del desprecio masculino y los refuerzos del delatorismo femenil, todos juntos, conforman un eje del mal, un dream team de aliados del capitalismo gore, prestos a hacerte papilla. Lo consiguen si la mujer que ama y se ama no pone en palabras esa vulnerabilidad, ese desamparo, esa guerra que no admite porque su cuerpo sentipensante se suele transformar en una bandera blanca o en una venda cuando el orgullo del macho es herido por sus congéneres: “demuéstrale quién es el hombre”, recomiendan.

Sea cual sea el final o el principio, si las mujeres exigen respeto son vistas con sospecha, se les manda a trapear para entretenerse, a la iglesia para arrepentirse, a terapia para tranquilizarse, a la cama para someterlas hasta que olviden su nombre (si tienen suerte) luego de un potente orgasmo o el dolor de un abuso disfrazado de débito carnal. Como fuere, hay que detenerlas, no vaya a ser que un día deban respetarlas, que en el circo crezcan los enanos.