sábado, 2 de enero de 2021

 Un diario que no es un diario 

Alma Karla Sandoval



La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái

no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe,

además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a

ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”.

 

Roberto Bolaño.

                                                                                                                                                              

Enero 2005.

Ese libro tardará diez años en escribirse y quizá yo ya no sea la misma persona, y haya perdido más, mucho más, que Roberto Bolaño. O tal vez llegue a entenderlo, aunque me quede hígado y me reste algo de tiempo para vender una novela. Será un libro en seis partes como una promesa juvenil que nos hacemos, como esa apuesta por la escritura que el chileno hizo en el Distrito Federal de entonces. Un libro que pruebe que sin un país extraviado y otro recuperado, con miasmas en las calles, ejes, parques con gardenias y librerías de viejo, no se puede forjar una obra. Un libro a secas, pero con el ardor de una bildungsroman que se escribe para vivir, pero, paradójicamente, con el encanto suicida de los textos que nos acompañan.

 

Febrero 2005.

Lo siento, Rosario, pero escribimos como amamos. Lo demás no ha estado impreso nunca.

 

Marzo 2005.

Por fin soy alguien que escribe. Hoy, cruzando el inmundo puente peatonal que me llevaba a clases, sentí ese vértigo. He terminado una novela y sé que tiene sentido. Se publique o no, entiendo que no hay marcha atrás. Pienso en Ricardo Piglia y esa emoción de estar “como pez en el hielo”. Llueve en Bogotá, alguna nube se derrama siempre. García Márquez dice que en esta ciudad cae una llovizna desde el Siglo XVI. Bonito lugar fui a elegir para decir que soy alguien que escribe, que ni idea tiene de dónde van a llevarlo sus palabras. Vi un charco de sangre el lunes pasado en la Plaza de los Periodistas. No sé qué haría si México se disfraza de esta nación, si las postales de las novelas de Fernando Vallejo se nos vuelven realidad.

 

 

 

3 abril 2005.

Un chuzo maloliente en la séptima. Johann bebió de más. Jorge y yo lo llevamos a su casa en un taxi caro, sospechoso. Llegué a casa y pensé en Los detectives salvajes. Tengo dos amigos nuevos, he encontrado a mi Arturo Belano, a mi Ulises Lima.  ¿Y yo? Yo soy García Madero, hasta tengo un diario que no lo es y soy una chica. 

 

17 abril 2005.

Con todo, un diario ayuda si no quieres que se te enfríe la mano o que al rato ya no sepas cómo empezar otro libro. La diarística es importante, es como hacer flexiones, calentar todos los días en el gimnasio de lo ocurre. Johann, a quien admiro porque es, de todo el grupo, el que sí logrará algo, también consigna reflexiones en torno a sus lecturas. Es un buen ensayista. Creo qu,e con los años, quien esto escribe, ha ido desconfiando del género. El centauro de Alfonso Reyes perdió peso en mi imaginación. Como toda criatura mitológica, un buen día se descree de ella. O no. Dudo por costumbre. He ganado diplomas por mis ensayos. Es fácil escribirlos y muy difícil ir corrigiéndolos. Para ser un gran ensayista hay que mirar con devoción, con fe, el objeto de estudio o, mínimo, con empatía. Hay que entender y afinar la energía nuclear de los temas que nos embrujan. Me interesa Roberto Bolaño. Me inquieta que se esté convirtiendo en una obsesión, pero en El escritor y sus fantasmas, libro que acabo de terminar, Ernesto Sábato asegura que, sin obsesiones, todo aquel que escribe vale poco. Me rindo entonces. Leeré otra novelita de Bolaño.

 

28 de abril 2005.

Johann llegó al seminario de Octavio Paz con aliento alcohólico y sueño. Usaba un traje gris oscuro. Le pregunté de dónde venía. Entonces soltó la noticia, acababa de fallecer la esposa del escritor que me presentó apenas nos conocimos: Germán Espinosa, cuya novela, La tejedora de coronas, es una obra de arte del neobarroco latinoamericano. Hacía menos de dos meses que me había sentado en una panadería de las Torres Jiménez de Quezada a tomar tinto con ese autor, con Josefina, su compañera, y mi contemporáneo. No parecía una mujer enferma, llevaba un abrigo blanco de visón, los ojos maquilladísimos y las manos con joyas de bisutería añeja. Espinosa, como es lógico, está inconsolable. “Tenés que ir a verlo”, me pidió Johann.

 

Mayo 2005.

Tengo tema de tesis. Visite esta tarde la Feria Internacional del Libro en Corferias. Mientras esperaba a Sebastián Pineda, un gran amigo ensayista, menor de veinticinco años, pero ya apasionado con Reyes y R. H. Moreno-Durán, encontré una de esas revistas que se editan también para lavar dinero. La estuve ojeando y quién diría, encontré un poema que me fascinó, se llama “Los perros románticos” y está publicado en la antología homónima y personalísima que hace Roberto Bolaño con textos que van de 1980 hasta 1998. No conozco ese libro.  Lo buscaré mañana en la Biblioteca Luis Ángel Arango, el mejor lugar del mundo, con las catacumbas más importantes de Latinoamérica, llenas de libros. No en balde Susan Sontag le dijo a Germán que su país no estaba del todo perdido si contaban con un sitio como ése. Sí, es lo más vibrante de Colombia, de lo poco por lo que vale vivir entre estos cerros. Ah, pero decía que ya tengo tema de tesis. Sospecho que, si los poemas me siguen gustando, trabajaré sobre ellos. Me debo dar prisa, quiero ser el primero de mi grupo en entregarlo todo.

 

25 de mayo de 2005.

Sentimientos encontrados. El mejor poema de toda la antología es el que aún me hace eco porque resulta una toma de conciencia, una apuesta total por el lenguaje. Los versos tratan de cuando Bolaño tenía veinte años y había perdido un país, pero ganado un sueño. Es obvio que esa patria es Chile y que el sueño es la escritura. Lo curioso es que el sitio donde el poeta está soñándose colectivamente es el Distrito Federal, la famosa Ciudad de México con insalubres niveles de contaminación y cafés apestosos. Yo misma busqué esa magia extraviada que asegura Adolfo Castañón, en su libro Viaje a México, existía en muchos sitios donde los intelectuales más famosos iban a tomar expresos. Hasta me rellené el estómago con el pan de arroz de las cafeterías de chinos para ver si así. Pero como bien señala José Emilio Pacheco, la ciudad imaginada es sólo eso, tarde o temprano, se pierde. Lo que queda son las marcas, esas huellas como paseos existenciales, como cicatrices de lo vivido. ¿Será que un alto porcentaje de lo que narra Bolaño en sus novelas es autobiográfico? Si así fuera, haciendo a un lado todas las nociones de percepción, todas las teorías sobre el yo lírico o narrativo, ¡vaya cronotopo el que se inventa!: Mexico City (como dice Saúl Ibargoyen) luego del 68, del Halconazo y antes de Acteal, de Aguas Blancas. Una ciudad idealizada entre tortas de tamal y atole, un bardo en ciernes con suficiente imprudencia para cerrar los ojos, para saltar al vacío con una pluma entre las manos.

 

Junio 2005.

No es que extrañe México. O sí. Por lo pronto, me han ofrecido trabajo en la universidad. Escribo para una revista. Mis reseñas las leen los maestros de la facultad. Discuto mucho sobre literatura a todas horas, con quien se deje. Los amigos son cada vez más compadres. También a ellos les fascina Bolaño. Hablé con Johann largo y tendido sobre Amuleto, la novelita donde figura una uruguaya que se queda atrapada en el baño de la UNAM en pleno 68. Luego él dijo que los críticos literarios somos como esos amantes de los animales que se van largas temporadas al Serengueti o que son capaces de esperar horas para conseguir la toma de una gacela siendo devorada por un león. “Sí, vos, como esos de Animal Planet, a quienes se les va la vida luchando para que no se extinga una especie, sólo que nosotros trabajamos con libros, con autores. Ésa es nuestra misión, que se siga leyendo lo que vale la pena”. 

 

Julio 2005.

Hay vacaciones. No iré a México esta vez. Quizá en diciembre. Aprovecho para leer sin tregua ni mucho orden.  La clase que llevé sobre Literatura y Filosofía arrojó una lista imparable de lecturas pendientes. Así que avanzo con el llamado Círculo de Praga, “contra el que nadie pudo ni podrá”, según Enrique Vila-Matas en El mal de Montano. Sí, desde Kafka, Mann, Broch, Musil, pasando por Hrabal, Jelinek, todos ellos son el bastión de la palabra en el mundo. Si tuviéramos un correlato en América Latina, tendríamos que pensar, primero, en el Modernismo. Discutí con Pablo Montoya, quien iba a ser mi asesor de tesis, porque para él, quien nos representa literariamente en el mundo a los latinoamericanos es, por supuesto, Gabriel García Márquez. Le hablaba a Montoya sobre Bolaño y respondió que él lo conoció en París, que ya estaba enfermo, que sólo bebía té de manzanilla, pero que después de ese encuentro, devoró Los detectives salvajes por la noche, encerrado en el baño de la habitación donde dormía con su esposa e hijos –no tenía espacio para más, sólo ahí podía tener la luz encendida y leer sin interrupciones –; quién diría que una década más tarde, Pablo sería reconocido con el Premio Rómulo Gallegos. Su consejo sobre la escritura: “No queda más que seguir y seguir, palabra tras palabra, hasta que el tiempo pase, confiar en él. El tiempo siempre escribe los mejores finales”.

 

Agosto 2005.

Argentina es, en efecto, un país donde hasta los malos escritores saben escribir. De las voces nuevas, destaco a María Moreno, una periodista cuyas crónicas son un deleite. Ella asegura que hay linajes literarios por roce, por una experiencia intensa que permite vivir por delegación mientras que quienes han escrito haberla vivido son proyectados como mártires. Si somos lo suficientemente críticos, la fiebre bolañiana que se desataría en Estados Unidos luego de que la misma Susan Sontag le diera su bendición al chileno, se explica de ese modo, el malditismo tropical de los poetas salvajes, esos infrarrealistas que resultan tan exóticos para el mercado, para el lector de primer mundo todavía capaz de escandalizarse con las correrías de chicos que venden droga para subsistir y cuyo narcomenudeo es, en verdad, un detalle nimio, pues dichos personajes leen hasta en la ducha a autores franceses, buscan a un poeta desaparecida, escriben para vivir y hacen de la poesía esa experiencia a la que Moreno se refiere. Sí, los mártires son muy atractivos. Pero no debemos olvidar que Carlos Fuentes en Esto Creo, uno de sus más singulares ensayos, explica que el significado primigenio de la palabra mártir es testigo.

 

Septiembre 2005.

No habría Libro del desasosiego sin Lisboa.  Es más, no existiría Fernando Pessoa tal y como lo leemos con los ojos fascinados, sin esa ciudad de la que nunca salió. El espacio determina, va dictando no sólo atmósferas, sino formas de estar, personajes que son como son por la geografía, incluso por la época del año. Dos ejemplos: las novelas de Jorge Amado (para seguir con el portugués) y La peste de Albert Camus. En esta última, se lee: “Oran es una ciudad sin estaciones…” y de ahí en adelante, se puede esperar cualquier cosa. En busca del tiempo perdido e Historia de dos ciudades son otros casos, así que la pregunta siguiente es obligada: ¿puede existir una obra sin lugar? El teatro nos responde, en Esperando a Godot no se fija el espacio, pero sin la existencia del árbol que describe Ionesco, nos sería más difícil imaginar ese absurdo. Tampoco en A puerta cerrada de Sartre, sin embargo, la asfixia del cuarto es de por sí un espacio a la medida de lo que el filósofo desea comunicar. La mayoría de las veces, espacio es igual a arena dramática.

 

Octubre 2005.

Este semestre nos hemos repartido en diferentes seminarios. Veo poco a los compañeros en clase, pero los miércoles hemos instaurado una tertulia en el departamento de Johann que está frente a la universidad. Nos reunimos con un cuento leído y lo hablamos. A veces, si no es muy largo, lo leemos ahí mismo. Charlamos durante horas. No falta quien lleva vino y esas reuniones terminan en fiesta. Pero antes se discute, eso no falta. Ayer llegó un tal Juan Gabriel Vásquez que es algo así como el iluminado porque tiene un libro editado en Alfaguara. Me pareció pretencioso, pero para los demás es muy decente. Les doy una semana para que se lo devoren con el típico canibalismo literario que creía sólo mexicano. En Colombia no cantan nada mal las rancheras, por algo hay mariachis en Chapinero.

 

Noviembre 2005.

Yo no doy a leer lo que escribo. Me insisten, pero que se aguanten. Ya anduve tallereando bastante en la vida. Llegué a la Javeriana curado de espanto. Pedí una beca para Colombia porque la obra de Álvaro Mutis me causa una fascinación que aún no puedo explicar. Algún día la estudiaré a fondo. Me pasa igual con Juan Carlos Onetti. Decía que estudio una Maestría en Literatura en el país de Mutis por algunos de sus escritores y porque me urgía salir de México, pero eso es otra historia que aquí no conviene contar. Con esa urgencia entré a la página de Relaciones Exteriores y al coquetearle a uno de los empleados más jóvenes, me enteré de que para Colombia nadie aplica, así que acá estoy, no debería quejarme, la beca es completa, no se atrasan los pagos, el ICETEX no es el CONACYT, y me alcanza para un poco más de lo necesario. A veces vuelvo a mi eterna pregunta sobre las ciudades, a esa inquietud que me persigue, ¿y si hubiera ganado la beca para estudiar en Madrid, Austin o Londres, estaría escribiendo este diario? No. No habría conocido a Juan Manuel Roca, a Germán, a otros escritores experimentados.

 

Diciembre 2005.

Viajaré a México a mediados de este mes. Pasaré las fiestas con la familia y volveré en enero, un poco antes de que comience el último año del posgrado. No me emociona. Pero quedarme en Bogotá me resulta más aburrido. Los amigos, todos, se irán de vacaciones, “de paseo”, como dicen acá.

 

26 de diciembre.

 

Hace calor en este pueblo. Había olvidado el trópico mexicano entre las lluvias permanentes y la humedad bogotana. Hace calor. Leo, escribo. Me urge volver a la Biblioteca Luis Ángel Arango, extraño la cuota de los diez o quince libros que saco por semana.  Hace calor. No me entusiasma nada de lo que encuentro en la biblioteca del cuarto de mi niñez y adolescencia. Fui muy mala lectora. “En aquel tiempo, sólo tenía veinte años y era tan mal poeta que no sabía ir al fondo de las cosas”, dice Blaise Cendrars en La prosa del Transiberiano. Yo no sabía distinguir los buenos libros de los malos. He ahí la tarea esencial de un crítico y, más aún, de un ensayista.

 

1 de enero 2006.

Sebastián Pineda me escribe un mail. Johann está hospitalizado. Sufrió un derrame cerebral. Estaba en Cali, con su novia gringa que había llegado a Colombia de vacaciones. Mi amigo le mostraba su país, de la salsa caleña pasarían al sabor colonial de Popayán, la ciudad de donde él es originario. No tengo más información que esas tres escuetas líneas. Tendré que llamar.

 

2 de enero de 2006.

Hablé con Sebastián. Lo de Johann es muy grave, le reventó una arteria en el cerebro. Está inconsciente. No saben si despertará. La familia está desconsolada. Amy, la novia, no puede con el dolor. Tendré que acelerar mi partida. Veré si puedo cambiar el vuelo.

 

3 enero de 2006.

Johann murió esta madrugada. Tenía sólo 25 años.

 

Febrero 2006.

Llegué tarde. No hubo vuelos y hasta mediados de enero pude verme con Sebastián. Fuimos al departamento donde vivía Johann. Eli, su hermana, nos recibió llorosa. Amy, la novia, no había vuelto a Estados Unidos. Conversamos. Nos preguntaron qué hacer con los archivos que el finado dejó: diarios, dos novelas terminadas, cuentos, ensayos, trabajos escolares, etc. No nos sentíamos con ánimo de visitar su computadora. Lo hicimos por insistencia de las dos jóvenes ante cuyos rostros no nos pudimos negar. Johann era un buen escritor. No habla mucho de sus amistades en sus bitácoras de gran narrador en ciernes. Consigna algunas charlas sobre Roberto Bolaño y confiesa que, si yo no hubiera levantando la mano desde el segundo semestre pidiéndolo para la tesis de maestría, lo hubiera hecho él. “Esa mexicana siempre se me adelanta”, acotó.

 

Marzo 2006.

Cuando se te muere alguien lo sigues buscando no sólo en sus notas, cuadernos o lecturas. Le sigues la pista también con las amistades, con los maestros que el fallecido eligió. Es el caso de Germán Espinosa a quien comencé a frecuentar. Me había mudado a un apartaestudio de La Candelaria y ahora era vecino del escritor que avanzaba despacio por esas calles ayudado por un bastón. Usaba siempre traje de tres piezas en colores oscuros, algunos verdosos. Llevaba la típica cadenita con el reloj, los lentes y el pelo canoso, muy rizado, de los costeños de Cartagena. Hablamos de Johann sin parar, comentamos sus cuentos, sus filiaciones literarias, su encuentro con Bolaño que Espinosa no aprobaba. Discutimos bastante. No logré que el viejo aceptara a mi escritor favorito. Ortodoxo, para él eso de los infrarrealistas era puro cuento: “¿Una vanguardia a finales del Siglo XX que aparece en la capital mexicana?, eso es ficción pura, se pudo haber ocurrido a mí, pero no, ni el tiempo ni el lugar son propicios para una historia vanguardista que merezca la pena, ¿no te parece?”, preguntaba y de paso comenzaba a hablar pésimo de los políticos mexicanos, del narco de allá versus el narco de mi país. Para él, los mexicanos son peores, más sanguinarios: “Ya verás, ya verás”. Disfruto las tardes con Espinosa. Es un autor enciclopédico cuyo sentido común goza de muy buena salud. Es un caníbal, sí, por eso media Bogotá no lo aguanta, pero es buen maestro y quiere que aprenda, según él, a escribir. Es más, confesó que todo lo que le decía a Johann, me lo irá repitiendo, que me pasará su legado. No me importa. Yo ya escribo, pero me conmueve la intensidad con la que habla de la novela como género, de los narradores propicios para tal o cual trama, de la historia que lo mantiene ocupado (la de su esposa muerta, claro). Germán también me obliga a pulir mis argumentos cuando defiendo a Roberto Bolaño y a México. Le digo que el Distrito Federal no es una caneca de mierda –como asegura–, que es la Ciudad de los Palacios, que no se olvide de Alfonso Reyes ni de Carlos Fuentes. “A ellos sí los he leído como se debe, pero a ese chileno del que hablas con frenesí absoluto, ése es un payaso”.

 

Abril 2006.

Es un hecho que soy la más joven de la cofradía de los escritores paisas radicados en Bogotá. Todos los martes o miércoles almuerzo con Jaime Echeverri, Juan Manuel Roca y uno que otro invitado de éste que puede ser Omar Ortiz o Santiago Mutis. Espinosa no viene con nosotros porque está peleado a muerte con Echeverri por una vetusta cuestión de faldas, pero voy y le cuento. Se divierte con los temas de conversación y devora a sus enemigos. A Roca no, a él lo estima verdaderamente. Aprecio a ese grupo porque Echeverri, el archienemigo de mi maestro, es un gran cómplice, pues vivió en México siete años y ama a mi país como nadie. Roca también tiene una hermosa deuda con la nación azteca y siempre que puede, me cita a Héctor Rojas Herazo: “Cada vez que llego a México mi sensación es la del retorno, la de la casa”.  Ellos dos sí comprenden mi romance bolañiano, es más, ya leyeron Los detectives salvajes. Agradecen mi insistencia. Últimamente hemos charlado mucho de la feria que viene, mayo está a la vuelta y dicen que debo celebrar mi “promediazo” (todo se sabe en estos lares, todos son amigos de amigos, incluidos algunos maestros de la facultad) no saliendo de Corferias, sino bebiendo café desde la mañana (nunca me acostumbré a decir tinto) y alcohol por la noche. No me agrada el sabor del guaro, la verdad. En fin, que mantendré el hígado intacto hasta muy entrados los cincuenta. Quiero vivir para contarlo, (Gabo dixit) para ver qué más se escribe, hasta dónde llega la crítica sobre Bolaño y ver si se publican más inéditos.

 

Mayo 2006.

Llegamos con Sebastián a la presentación de Dios es redondo, el libro sobre futbol de Juan Villoro. Nos saludó muy amablemente y luego de sus entrevistas, lo llevamos a él, junto al escritor colombiano Hugo Chaparro, al departamento de Germán Espinosa. Cenamos platillos de Cartagena que Juan celebró cada dos minutos. Bebimos hasta el amanecer. Antes de partir, Villoro me dedicó su novela El testigo, luego me miró fijamente y fue por sus portafolios de piel marrón. Extrajo un libro rojo, editado por Anagrama, el título, París no se acaba nunca; el autor, Enrique Vila-Matas. Apenas lo vi, se me quebró un poco la voz, disimulé, por supuesto, aun cuando Villoro soltó una frase lapidaria: “Se lo traje a Johann, pero ahora veo que es para ti”. Resulta que él y Juan intercambiaban correos desde hace tres años. Le había hablado de mí, de un mexicano en su clase que “lo había leído todo”. Abracé al autor de El disparo de Argón, le agradecí el gesto. Cuando se subió al auto que lo alejaría de Colombia, soltó otra de sus oraciones de novela: “El libro que te di es la historia de una novela de formación”. 

 

Junio 2006.

Viajé a Medellín para ver el Festival Internacional de Poesía que se celebra cada año. Es verdad todo lo que me contaron. La ciudad enloquece con versos y los estadios sí se llenan con gente que va a escuchar poetas de todo el mundo. En mis conversaciones con los amigos de Roca, pregunté por Bolaño. Me topé de nuevo con Pablo Montoya y le dio gusto mi fidelidad con el tema, “¿cómo va esa tesis?”, preguntó y sentí vergüenza, la había tenido abandonada. La muerte de Johann y las tertulias me roban tiempo. Además, me concentré como nunca en la maestría. Subí las notas hasta llegar a números perfectos. Había sido fácil, sólo me enfoqué en lo que debía, organicé mi tiempo para entregar sin apuros los ensayos. “Así lo hubiera hecho Johann”, pensaba. Y sí, mi amigo era el mejor estudiante, el que sin duda se había llevado el primer lugar, la medalla, los méritos, todas esas cosas que entregan en las universidades de ese tipo. Pues bien, yo acá en Medellín y mi tesis flotando en el limbo de las cosas que deben entregarse a más tardar a finales de noviembre. De tanto hablar sobre la poesía de Bolaño con todo el que se me pusiera enfrente, me siento agotada, sin esa energía creadora. Por eso vine a Medellín, a ver si entre poetas me inspiro.

 

Julio 2006.

Rarezas de la vida, regresé a Bogotá y la lluvia me hizo sentir en casa. Vi a Germán Espinosa y lo noté nervioso. Fuimos a la cafetería de la séptima. Pidió whisky, le temblaba la mano con la cual fumaba sin parar desde la adolescencia. Me preguntó si me acordaba de Fernando Cué, un poeta mendicante que solía aparecer en cafeterías y plazas pidiendo dinero, lanzando maldiciones. Le dije que sí, que a una persona tan molesta no se podía olvidar, ya que drogado, borracho o lo que fuera, seguía a Espinosa hasta que éste le entregaba una moneda. Varias veces, desesperado o también ebrio, Germán había levantado su bastón en contra del vate. La miga narrativa de lo que quiero contar es que hace unos días, Cué entró a La Terminal, el café favorito de Espinosa, donde solemos vernos. El poetastro se acercó al costeño y le dijo: “Germán, ¡pero qué delgado te encuentro! No vaya ser que pronto te reencuentres con Josefina y tu alumno, el payanés”.  Me reí, pero mi contertulio seguía serio, luego explicó que Cué era famoso por sus textos llenos de alusiones a la santería, por los collares que usaba, etc. No hice mucho caso a la supuesta maldición que se cernía sobre él tomando en cuenta la obra de Espinosa donde lo esotérico está siempre presente. Bastan dos títulos de sus novelas para comprobarlo: Cuando besan las sombras, Los cortejos del Diablo, así que lo tranquilicé, pero él insistía en que sí, estaba más delgado e iría al médico. Yo no quise ver lo grande que el saco le quedaba, no tengo ojos para mirar más muerte.

 

Agosto 2006.

De vuelta para el último semestre de la maestría. Comienzo la tesis sobre Los perros románticos, el único poemario que me interesa de Roberto Bolaño. Si escribo al menos cinco páginas diarias, en octubre tendré un primer borrador. He pensado mucho en regresar a México. Me interesa apuntalar una carrera como escritora allí, pero también quiero continuar con la academia. Ya son muchos años estudiando, creo que es hora de estar del otro lado del pupitre. Lo puedo hacer. Conseguiré un contrato. Me imagino hablando de Roberto Bolaño a estudiantes de la UNAM y cumpliendo así un destino, el de analizar una obra que se gestó en el taller que Juan Bañuelos daba en la Torre de Rectoría.

 

Septiembre 2006.

A veces me arrepiento de haber elegido la poesía de Bolaño, pero si logro revelar con suficiencia el tejido de los vasos comunicantes que hay entre esos versos y las novelas, mi trabajo tendrá mayor relevancia, de todas maneras, tengo notas y hojas sueltas por todos lados. Es el cronotopo lo que verdaderamente me interesa, el Pariméxico que encuentro como un lugar que signa la temática. No en balde Carolina López, la esposa, explica que en territorio mexicano es donde el poeta tomó la decisión de entregar su vida a la escritura. Quizá no fue difícil porque no estaba solo, el mismo Bolaño era una especie de escudero de Mario Santiago Papasquiaro, el adalid de los infrarrealistas, esa vanguardia que se opuso al stablishment literario, un movimiento de ruptura de armas tomar; sus miembros bien podían bajarse los pantalones en plena presentación de un libro de Octavio Paz sin otro motivo más que el escándalo. No obstante, había algo de verdad literaria más allá del desenfreno y la poesía de esta promoción que se autonombra, se autopublica y se autodifunde. Bolaño es de los pocos que ya desde 1977, insisten en dejar algo de los infrarrealistas en las bibliotecas, un libro que tres décadas más tarde sus estudiosos buscarán como un cáliz raro y luminoso, Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego. Once jóvenes poetas latinoamericanos, publicada en julio de 1979. Con esa antología el chileno da por terminada su participación en el movimiento, pero en la mente seguirá recordando las andanzas de aquellos jóvenes con un romanticismo de excepción que lo convertirá en un autor de culto. Mario Santiago morirá en 1998. Las drogas, el alcohol y una locura a prueba de automóviles –solía caminar por las calles del DF cerrando los ojos, sin tomar en cuenta si algún carro se acercaba– le arrancarán la vida antes de los cincuenta años.  Roberto tardó en enterarse. Su muerte detonó la publicación de Los detectives salvajes.

 

Octubre 2006.

Avanzo con buen ritmo, no me detengo. Terminaré la tesis antes de lo esperado. Ayer un profesor me preguntó por qué ese libro, por qué ese autor, por qué no un clásico, por qué no alguien que retara, efectivamente, mi capacidad crítica. Les respondí con las mismas ideas de Rodrigo Fresán, escritor argentino cuyas novelas aplaudo: “Bolaño es uno de los escritores más románticos en el mejor sentido de la palabra. Y un acercamiento a él y a lo que escribió contagia casi instantáneamente una cierta idea romántica de la literatura y de su práctica como utopía realizable. Unas ganas feroces de que la vida sea escritura, de que la tinta sea igual de importante que la sangre”, suena a un combate inútil, a una empresa imposible, pero he ahí la receta de una obra que desarma, que atrae profundamente como un abismo o como la belleza que Rimbaud sentó en sus rodillas; o como los ángeles de Las elegías de Duino de Rainer María Rilke. Se trata, además, de un autor que acaba de morir y escribe desde la última frontera una prosa activa, pero también reflexiva, una propuesta en movimiento que no para de observar detalles. A tener valor “viviendo en obra”, es de las tantas cosas que enseña Bolaño.

 

Noviembre 2006.

La tesis está casi terminada. Pronto comenzará diciembre y tomaré un vuelo definitivo para México. Mis amigos lo saben, preparan despedidas, me llaman a todas horas. Yo sigo con el análisis de esa épica latinoamericana que es la obra de Bolaño y siento que ya estoy de regreso a Ciudad de México. Primero llega el alma y después la piel. Germán Espinosa no está muy de acuerdo con mi partida. Lo veo más cansado, se tarda más tiempo en llegar del café a su domicilio. Me preguntó qué voy a hacer a México, que dónde voy a encontrar más amistades que me aprecien como en Colombia. Sonrío, el viejo me ha adoptado de veras. Hoy lo llevé del brazo a su casa, luego de varios tintos (ya me sale natural la palabra) vi que está en los huesos. Me pidió que le consiguiera La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag, se lo dejaré en la portería mañana. Al despedirnos, me abrazó fuerte. Raro en él que es rudo, todo un macho de la costa.

 

Diciembre 2006

Dejé la tesis en la oficina del Director de la Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Me sé liberada y entiendo que volveré a Bogotá en unos meses, cuando tenga fecha de examen final. Ahora a mandar mi CV a todas partes. He cumplido en este país y el propio me espera. Andaré la ciudad de México con una mirada distinta. Iré al café La Habana en Bucarelli, a la Casa del Lago, a la UNAM, a Santa María la Ribera, a seguir, como detective, los pasos de Bolaño.

 

Marzo 2007.

Una tristísima vuelta a Bogotá de no ser por la reunión que organizó Jaime Echeverri en su casa para celebrar el examen final de la maestría y la nota que ya sabemos, un número absurdo por el que me felicitan y me parece lo menos importante. Llegué hace 72 horas y el café con Sebastián Pineda, de nuevo el mensajero de esta clase de noticias, me reveló la muerte de Germán Espinosa. Cáncer de lengua. El viejo lo sabía sepa Dios desde cuándo. Llevó estoico la enfermedad escribiendo una última novela sin descanso, Aitana. “Por cierto, Char, en ella salimos, Germán Espinosa nos vuelve personajes. No me digas que no lo imaginabas”, señala Pineda y me hundo en la silla, pienso en la maldición del poeta mendicante, en los libros que no he escrito, en que debo salir corriendo de Bogotá; hace apenas dos años bebía café con tres personas: un escritor consagrado, su esposa y un joven narrador con futuro. Ahora todos están muertos y llevo en la mente una historia que no pedí, que no busqué, una carga de la que no podré deshacerme pronto, sino hasta que me autoexilie de nuevo; hasta que pasen diez años y escriba crónicas, cuentos, novelas que eviten a Bolaño, que me alejen de América Latina y de México, hasta que un día sea un ensayo, paradójicamente, el que me lo devuelva.