sábado, 25 de diciembre de 2021

 

La decadente Emily en un París que ya no existe

Alma Karla Sandoval 



 

De la primera a la segunda temporada, Lily Collins, la actriz que interpreta a Emily en París, perdió algunos kilos. También Philippine Leroy-Beaulieu, quien encarna a la madura ejecutiva francesa y antagonista de la serie. Comenzar con esta observación puede ser frívolo, pero resulta muy diciente en una producción punta de lanza de la estupidización del feminismo blanco. La joven estadounidense, experta en marketing y redes sociales, creativa, ingeniosa, todo un remake de Legalmente rubia, pierde chispa en esta segunda entrega. Finalmente la transforman en la Barbie que parece niña imponiendo un modelo imposible de cuerpo saludable con una actitud de sociópata analfabeta como otro personaje de la misma serie la define.  

Pero no es solo eso, la chica del cabello ondulado a todas horas, de clóset amuse, una profesional que se autoexplota (diría un filósofo coreano) es culpígena, insegura, narcisista, histérica al punto de negarse el placer por el placer mismo en un París que por supuesto no es la ciudad luz de ahora: militarizada, cara como nunca y fascista más que siempre donde la policía baja a los inmigrantes del metro para requisarlos a la menor provocación. Puedo dar fe. Estuve en ese lugar en octubre de este año.

Por eso me resulta tan ofensiva y peligrosa la romantización que este retrato eurocéntrico impone con una mirada propaganda de la mujer supuestamente empoderada que puede comprarse todos los accesorios para su outif que se le peguen la gana, salirse con la suya a pesar de su rala cultura general, de su manera vacía de ver el mundo, de su hipócrita proceder en el espacio privado donde queda claro que los guionistas no le conceden la mayoría de edad a las mujeres tampoco en este siglo. No en balde sigue sin moverse una coma de la Declaración de los Derechos Humanos del Hombre y los Ciudadanos donde nosotras, por supuesto, no estamos contempladas. No nos vayan a cortar la cabeza nuevamente por señalarlo.

Francia, cuna de las libertades individuales, le sigue debiendo al feminismo muchísimos años en materia de igualdad, fraternidad y libertad. Que no nos engañen, no nos hagan creer que las francesas que firmaron en contra del #MeToo tenían razón porque su liberación es un cuento de hadas desnudas, con amantes y Ménage à trois, pero con la misma asimetría en todos los tipos de relaciones humanas que sostienen, ya que sabemos de quiénes siguen siendo los privilegios. Si no lo requieren reconocer, allá ellas. Esa es una de las características del feminismo blanqueado, sus golpes de pecho estadounidenses o su falsa liberación sexual europea en tiempos de sida, de pandemia.

Llega a tal nivel esa banalización feminista que mujeres de todo el planeta sin importar su edad, emulan estos modelos blancos huecos igual que el cerebro de los personajes que se nos muestran como triunfadoras, incluso las inmigrantes, las latinas también blanqueadas que toman como un halago que les digan que se parecen a Emily. Conozco al menos a dos como a otros latinoamericanos arribistas que con pasaporte de algún país de Europa porque el abuelo o los padres son de ese continente, se siente más dueños del espacio Schengen que los nacidos ahí.

Esa vida de blanca liberada, con la piel perfecta, que triunfa a pesar de todos los obstáculos en un mundo capitalista y sexista narrado con maquillaje o filtros de móvil, es la misma meta que se nos presenta en la mayoría de las las sagas femeninas de los últimos años pasando por Sex and de City, Esposas desesperadas o la reciente Valeria en España, etc. Ni qué decir las novelas que imitan también esa fórmula: un grupo de personajes femeninos con sus patiños homosexuales que se apoyan para superar sus desventuras amorosas porque esas son el eje del centro de sus vidas, lo más importante que puede ocurrirles, nada más. Ellas, en pleno 2021 que se acaba, aún no son dignas de otra épica en las series con millones de espectadores, en esos negocios millonarios del entretenimiento.

Así que Emily en París ofrece más de lo mismo, pero con menos carne narrativa, con menos sabor a sátira,  y lo que es peor, de una manera cada vez más decadente vía el dispositivo de una estetización visual donde los establishing shots parisinos nos hacen creer que esa ciudad es la más hermosa del mundo o los colores encendidos recuerdan las salas de un kínder porque eso es lo que nos están diciendo sus creadores:  los consumidores de este tipo de historias son estúpidos, no les ofrezcas tramas complicadas, solo marcos textuales predecibles (Umberto Eco dixit), sencillos, con musiquita, chicas guapas, serviles, obedientes a la dictadura de la anorexia que muestran orgullosas en Instagram, lo cual dicho sea de paso, enferma aún más la salud mental de las menores que vean esta serie y van creciendo pensando que ser como Emily es ser exitosa. ¿Qué clase de educación sentimental están recibiendo?, ¿cuándo podrán emanciparse si cada vez más jóvenes son prisioneras de la idea de un cuerpo que no es real? Ya lo dijo Fátima Mernissi, sabemos que al poder le conviene tener a sus mujeres más ocupadas de ombligo que de la situación política del mundo.

 

 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Cuando la escritura desea ser deseada

Alma Karla Sandoval 

 


 

Si el texto debe probar que me desea, tendríamos que corresponder releyéndolo, en algunos casos, defendiéndolo. Para eso escriben algunos, para que los quieran o no los abandonen. El lenguaje, cuando no repele, se encuentra erotizado, cargado de un carisma irresistible, de un estilo atrayente. Si de por sí es difícil la escritura, sin que alguien nos lea o responda al coqueteo, esta se traduce en un martirio.

      Las escritoras lo saben, lo sufren un poco más, aunque eso no signifique que a ellos no les afecta la ausencia de lectores. Por eso los buscan estratégicamente. Sin pudor, les pasan sus libros inéditos a varios amigos para ver qué opinan. No es extraño que cuenten con una ex, una novia, una amiga lectora contumaz, una amante o lo que sea, dispuesta a retroalimentarlos, a nutrirlos. Con esa sangre vuelven al texto, corrigen, desechan, acicalan sus obras. A veces consiguen el objetivo: seducir a una editorial, a un jurado, al mercado. Se salen con la suya porque antes, durante y después no estuvieron solos en realidad. Alguien les probó que los desea, los escuchó, los leyó, les dijo lo que había que ser omitido o no.

       La mayoría de las escritoras funcionan a lo Zambrano: en una soledad a la larga riesgosa aun cuando sea comunicable, ellas transitan periodos de inseguridad enfermiza, de duda tóxica. El complejo de inferioridad devenido de la orfandad de género, el síndrome de la impostora o el imperio del agrado en cuya autoridad han intentado domesticarlas, erigen muros que deben saltar al mismo tiempo que escriben o intentan hacerlo arrullando a un niño en una cuna, escuchando la palanca del excusado activada por el marido, pensando en la comida del día siguiente, en la ropa que se lleva a la tintorería, en las tareas, el ballet, las colegiaturas, las cremas porque el rostro se cuelga, el ejercicio porque ya no somos tan deseables.

      Deseo otra vez. Ganas de confirmar que lo otro o el otro me busca, que se le va el cuerpo a donde estoy, que me responde frotando su lenguaje contra el mío; que responde el saque de ese juego llamado conversación y que no se cansa, devuelve la pelota feliz, alumbrado. Así se da la cadencia, como en un clímax compartido. La verdadera lectura es esa, la que se va deseando cada vez más páginas a medida que se huele, se toca, se escucha. Recorrer cuerpos como libros, entrar y salir de ellos bajo la hipnosis del placer.

     “¿Cómo puedes estar segura de que él te ama si no te lee?”, le preguntó una escritora a otra destrozada por el abandono. A pesar de que esa lógica logre operar como analgésico, no amortigua el golpe ni las heridas del rechazo. Muchas no se recuperan, quedan lisiadas, paralíticas, callando. Si bien a los hombres los castran de otras maneras y se convierten en Bartlebys sexis, a una mujer de por sí leída bajo sospechosa y desde criterios de calidad hegemónica, el tiempo o la competencia se la chupan completa si no publica, si no demuestra con premios o el reconocimiento de otros, que existe, que sí es una escritora.

      De ahí la importancia del halago, de la atención al texto, de la mirada cariñosa, urgente en ocasiones, que ellas necesitan cuando escriben. No hablo de padrinazgos ni recomendaciones como pago por favores de otra índole, la sexual, por ejemplo. Si no de una mirada abierta y no prejuiciosa, de un acercamiento a lo que la otra produce sin considerar menor su trabajo porque es mujer. Dos ejemplos de esa lectura desinteresada que marcó la diferencia para muchas son José Emilio Pacheco y Julio Cortázar. El primero leía todo lo que sus colegas escritoras, casi siempre más jóvenes, le llevaban. Hacía una revisión puntual y recomendaba, muy respetuosamente, qué hacer con esos manuscritos si les faltaba cocción. Del segundo sabemos muy bien cómo se empeñó en animar a Alejandra Pizarnik y de qué admirada manera celebró la obra de Cristina Peri Rossi.

      Habrá, desde luego, otros casos, pero también episodios oscuros de quienes se roban la autoría de sus compañeras o queman sus libros. Pero también se encuentran otras formas de hacer daño: la crítica despiadada, “constructiva, por tu bien”, la burla o, simplemente, la indiferencia. No leerte si vives por o para las palabras significa anularte. Algunos lo intuyen y se alejan sin estar muy seguros del porqué. Otros, a quienes de plano les molesta tu oficio, piden que ya no escribas más o cambian de tema cuando hablas de tu obra. Entonces una debe irse, pero se queda creyendo que, si lee lo del otro y opina al respecto, recibirá el mismo trato. Pero no, no siempre. Entonces, con más razón hay que salir huyendo, pero una se queda intentando hasta el final. Ya sabemos cuál es el resultado.

   Margaret Atwood asegura que el deseo de ser amadas es la última ilusión, si renunciamos a él, seremos libres. De acuerdo, pero si realmente subvertimos las formas y

los significados del amor romántico, enfrentaremos un vacío insoportable. Se necesita el vigor de Hércules o la fuerza de Atlas cargando el mundo para arrojarlo, tal como nos lo inventaron, mucho más allá del cosmos. Entonces quedará nada y desde esa nada amaremos, pero cuidado porque ahí, todavía, no llega nadie.

     “Escribir para el cajón es masturbación”, escuchaba decir en la Escuela de Escritores de la Sogem en México. En términos de autocomplacencia, no es que eso esté mal ni bien, pero el receptor importa, aunque “nadie ama a otro, sino lo que de sí hay en el otro”, como escribió Pessoa; aunque “para amar basta con uno”, según el platonismo. El receptor y su deseo de mí que es su deseo de él, de lo que pudo haber imaginado, dicho o pensado, surte un efecto determinante porque da la casualidad que siento eso mismo, que lo descubro para que él se identifique y de ese modo derribe el hartazgo de esa soledad compartida.

      También por ello buscamos que nos deseen, por un momento alguien nos ayuda a cargar las frustraciones, decepciones, las cegueras como en ese libro de Saramago. Ya es difícil avanzar solos entre el aire acerbo de las pandemias visibles o invisibles, con el ya no saber cómo acercarnos entre el consentimiento, el miedo a perder poder si me rindo antes o si informo de mi deseo precipitadamente ante micropolíticas cada vez menos compresibles. Sí, queremos tener “algo”, pero no asumimos retirarnos del mundo de la misma manera en la que una buena lectura lo demanda. Algunos quieren leer tres o cuatro libros al mismo tiempo. Si les resulta, se hartan o se estresan. Ahí es donde la viabilidad de la metáfora se rompe: cuando se es un o una lectora deseante, las bibliotecas no bastan, te sacan de esos espacios para ir rumbo a la vida.

 


domingo, 2 de mayo de 2021

 

Cuando la hija ama al padre o Antígona fake

 


Evelyn Salgado entra al quite. Al papá no lo dejaron porque no le correspondía. La ley es dura porque es ley y el viento democrático a veces sí despeina. Tanto el INE como el Tribunal Electoral hicieron lo suyo: trabajar que también es impedir el paso cuando el “honesto modo de vivir” no puede comprobarse como un informe donde quedan bailando 19 mil pesos. Pero la hija ama al padre como Alejandra Guzmán quien defiende al “Señor de las Pistolas”, como lo llamó el productor Miguel Blasco a Enrique Guzmán, pero no a Frida. Ese ardid sigue dando tela por dónde cortar. Ahora es Evelyn en un costoso saco blanco, con la bien peinada melena teñida de rubio y cubrebocas negro, un outfit más de ejecutiva de empresa de cosméticos que de servidora pública.

La hija de Salgado Macedonio fue designada como la candidata de Morena a la gubernatura de Guerrero, luego de que se diera a conocer que obtuvo la mayor cantidad de preferencias en un sondeo interno que hizo ese partido y dos externos que realizaron firmas encuestadoras. Una vez cantada esa victoria, mencionó: “Félix Salgado Macedonio es mi padre, de quien me siento profundamente orgullosa; tiene todo mi apoyo, cariño y respeto, pero las revisiones son de Evelyn; él solamente será mi guía y mi consejero”, aseguró. Difícil de creer.

Evelyn Cesia Salgado Pineda es la primogénita del exalcalde de Acapulco. Tiene 39 años, se licenció en derecho, pero su carrera política es exigua: de 2005 a 2008 se encargó del DIF en el puerto antes citado. En el 2011 fue nombrada jefa de departamento de la Secretaría de la Mujer. Un año más tarde buscó participar como precandidata del PRD por el distrito tres a una diputación local en el Congreso de Guerrero. Y nada más. Madre de dos hijos, su cónyuge parece igual de “ilustre” que su padre, es ni más ni menos que El Abulón, conocido empresario detenido en 2016 por ser el presunto operador financiero del cártel de los hermanos Beltrán Leyva.

Cuando la hija ama al padre y este es un psicópata, buscará un marido gemelar. Ni duda cabe de que hay de Antígonas a Antígonas. Si el amor es ciego, el inoculado con lazos traumáticos, síndromes de Estocolmo, así como privilegios que blanquean la apariencia, no tiene límites. La cuota de género opera entonces como un dispositivo de control del poder y/o un lavatorio de culpas. El político acusado de violación lanza a su hija al ruedo. No en balde ya le dicen “La Tora”. A nadie parece importar que lo biológico no es ideológico ni el hecho de que más participación de mujeres en puestos clave signifique realmente agendas que velen por políticas públicas a favor de las mismas.

Si gana, con el orgullo que siente por su padre como bandera, Evelyn será la primera gobernadora de Guerrero, pero la mano que mecerá la cuna será la misma que desde hace 39 años. De la reputación de los hombres de su vida, mejor no hablemos a fondo.


                                                                                                                               Alma Karla Sandoval 

viernes, 26 de marzo de 2021

 

“El cuerpo puede poesía”,

 una reflexión sobre la novela Desde el corazón siberiano

 

Alexander Devenir

 





El camino del poeta arde, pero no calienta

Marina Tsvetáieva

 

La novela Desde el corazón siberiano (2018) de Alma Karla Sandoval nos traslada a los campos de trabajo forzado, nombrados gulags, que el régimen estalinista instaló por toda la Unión Soviética. En uno de ellos, en el frío corazón de Siberia, ha ingresado Ariadna Efrón, que al igual que su madre la poeta Marina Tsvetáieva, sufrirá las inclemencias de los tiempos que les tocó vivir por ser mujeres intelectuales en medio de la Revolución Rusa.

De la mano de Alma Karla Sandoval descubrimos la profunda relación de Marina Tsvetáieva con la poesía siendo para ella un madero en tempestad, su obra fue esparcida por diferentes ciudades de Rusia, así como en otros países de Europa a través de cartas (como la correspondencia que tenía con los escritores Rainer Maria Rilke y Boris Pasternak); también a través de los manuscritos que dio en resguardo a universidades, instituciones, bibliotecas, o bien con amigos de confianza. Toda la familia de Marina fue acusada de traición al régimen estalinista, lo que los llevó a los gulags y a muchos años en el exilio.

            Ariadna Efrón al igual que muchas mujeres prisioneras son violentadas por los custodios a través de una sistemática de deshumanización, la cual evoca la precaridad a la que se refiere Judith Butler en diferentes reflexiones filosóficas sobre vida humana en circunstancias de vulnerabilidad, en la obra Marcos de guerra dice Butler que:

 

[…] la precaridad es, a la vez, una cuestión material y perceptual, puesto que aquellos cuyas vidas no se “consideran” susceptibles de ser lloradas, y, por ende, de ser valiosas, están hechos para soportar la carga del hambre, del infraempleo, de la desemancipación jurídica y de la exposición diferencial a la violencia y la muerte (Butler 45).

 

              Estas, circunstancias que se recrean y denuncian en la novela en diferentes episodios, como la violencia ejercida sobre los cuerpos confinados al castigo bajo la falacia de la reeducación socialista.

Alma Karla nos describe, con gran sensibilidad, circunstancias vitales y entrañables de sororidad y resiliencia. Los cuerpos vejados femeninos a pesar del sufrimiento aún pueden hacer poesía y es lo que les da sentido a su supervivencia, recordarla, recitarla, vivirla…

 

Tenían el gusto de memorizar poemas que se declamaban unas a otras. Ése era uno de los juegos cotidianos con el que desarrollaron una destreza que les ayudó a ejercitar la mente y, sin saberlo hasta después, un potente alimento espiritual que les permitió sobrevivir a las tormentas. (Sandoval 31).

 

Judith Butler en el mismo libro que ya se refirió menciona el caso de los poemas escritos por los presos árabes de Guantánamo, poemas que fueron destruidos (incluso más de veinticinco mil versos) y solo se pudieron publicar veintidós de los cuáles se cuestiona ¿cómo puede un cuerpo torturado formar tales palabras? A lo que Butler responde que “el abrumador poder del duelo, de la pérdida y del sufrimiento se convierte en un instrumento poético de insurgencia” (Butler 90) y continúa “¿qué nos cuentan estos poemas acerca de la vulnerabilidad y la capacidad de superviviencia?” (Butler 91), y que también sucede en los personajes de Desde el corazón siberiano:

 

Interrogan los tipos de expresión posible en los límites del dolor, la humillación, añoranza, y la rabia. Las palabras están grabadas en tazas, escritas en papeles, garabateadas en alguna superficie, en un esfuerzo por dejar una marca, una huella, de un ser vivo, un signo formado por un cuerpo, un signo que transporta la vida de un cuerpo (Butler 91).

 

           En el caso que presenta Butler los presos escribían poesía en cualquier superficie posible, en los gulags de los que habla la novela de Alma Karla recitar poesía se presenta como un último reducto de manifestación de vida. Es por estas razones que digo que el cuerpo humano puede poesía como una manifestación/signo de vida y extensión de la misma.

            No es la primera vez que Alma Karla Sandoval deslumbra con una obra donde aborda las poéticas del dolor con profunda sensibilidad, honestidad y empatía. Pero, no todo es desolación en la novela sino más bien existe esperanza y fortaleza.

            La novela presenta una gran audacia por parte de la autora, a la hora de ir tejiendo de manera fina las circunstancias en las que, una vez fuera del Gulag, Adriana Efrón emprende un nuevo camino de autodescubrimiento y descubrimiento de la vida de su madre, Marina Tsvetáieva, la gran poeta rusa, a través de cada uno de los manuscritos que va recuperando, uno como lector queda intrigado queriendo saber el desenlace de la obra.

 


Referencias:

Butler, Judith. Marcos de guerrra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós 2010.

Sandoval, Alma Karla. Desde el corazón siberiano. México: Ediciones B, 2018.

sábado, 2 de enero de 2021

 Un diario que no es un diario 

Alma Karla Sandoval



La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái

no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe,

además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a

ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”.

 

Roberto Bolaño.

                                                                                                                                                              

Enero 2005.

Ese libro tardará diez años en escribirse y quizá yo ya no sea la misma persona, y haya perdido más, mucho más, que Roberto Bolaño. O tal vez llegue a entenderlo, aunque me quede hígado y me reste algo de tiempo para vender una novela. Será un libro en seis partes como una promesa juvenil que nos hacemos, como esa apuesta por la escritura que el chileno hizo en el Distrito Federal de entonces. Un libro que pruebe que sin un país extraviado y otro recuperado, con miasmas en las calles, ejes, parques con gardenias y librerías de viejo, no se puede forjar una obra. Un libro a secas, pero con el ardor de una bildungsroman que se escribe para vivir, pero, paradójicamente, con el encanto suicida de los textos que nos acompañan.

 

Febrero 2005.

Lo siento, Rosario, pero escribimos como amamos. Lo demás no ha estado impreso nunca.

 

Marzo 2005.

Por fin soy alguien que escribe. Hoy, cruzando el inmundo puente peatonal que me llevaba a clases, sentí ese vértigo. He terminado una novela y sé que tiene sentido. Se publique o no, entiendo que no hay marcha atrás. Pienso en Ricardo Piglia y esa emoción de estar “como pez en el hielo”. Llueve en Bogotá, alguna nube se derrama siempre. García Márquez dice que en esta ciudad cae una llovizna desde el Siglo XVI. Bonito lugar fui a elegir para decir que soy alguien que escribe, que ni idea tiene de dónde van a llevarlo sus palabras. Vi un charco de sangre el lunes pasado en la Plaza de los Periodistas. No sé qué haría si México se disfraza de esta nación, si las postales de las novelas de Fernando Vallejo se nos vuelven realidad.

 

 

 

3 abril 2005.

Un chuzo maloliente en la séptima. Johann bebió de más. Jorge y yo lo llevamos a su casa en un taxi caro, sospechoso. Llegué a casa y pensé en Los detectives salvajes. Tengo dos amigos nuevos, he encontrado a mi Arturo Belano, a mi Ulises Lima.  ¿Y yo? Yo soy García Madero, hasta tengo un diario que no lo es y soy una chica. 

 

17 abril 2005.

Con todo, un diario ayuda si no quieres que se te enfríe la mano o que al rato ya no sepas cómo empezar otro libro. La diarística es importante, es como hacer flexiones, calentar todos los días en el gimnasio de lo ocurre. Johann, a quien admiro porque es, de todo el grupo, el que sí logrará algo, también consigna reflexiones en torno a sus lecturas. Es un buen ensayista. Creo qu,e con los años, quien esto escribe, ha ido desconfiando del género. El centauro de Alfonso Reyes perdió peso en mi imaginación. Como toda criatura mitológica, un buen día se descree de ella. O no. Dudo por costumbre. He ganado diplomas por mis ensayos. Es fácil escribirlos y muy difícil ir corrigiéndolos. Para ser un gran ensayista hay que mirar con devoción, con fe, el objeto de estudio o, mínimo, con empatía. Hay que entender y afinar la energía nuclear de los temas que nos embrujan. Me interesa Roberto Bolaño. Me inquieta que se esté convirtiendo en una obsesión, pero en El escritor y sus fantasmas, libro que acabo de terminar, Ernesto Sábato asegura que, sin obsesiones, todo aquel que escribe vale poco. Me rindo entonces. Leeré otra novelita de Bolaño.

 

28 de abril 2005.

Johann llegó al seminario de Octavio Paz con aliento alcohólico y sueño. Usaba un traje gris oscuro. Le pregunté de dónde venía. Entonces soltó la noticia, acababa de fallecer la esposa del escritor que me presentó apenas nos conocimos: Germán Espinosa, cuya novela, La tejedora de coronas, es una obra de arte del neobarroco latinoamericano. Hacía menos de dos meses que me había sentado en una panadería de las Torres Jiménez de Quezada a tomar tinto con ese autor, con Josefina, su compañera, y mi contemporáneo. No parecía una mujer enferma, llevaba un abrigo blanco de visón, los ojos maquilladísimos y las manos con joyas de bisutería añeja. Espinosa, como es lógico, está inconsolable. “Tenés que ir a verlo”, me pidió Johann.

 

Mayo 2005.

Tengo tema de tesis. Visite esta tarde la Feria Internacional del Libro en Corferias. Mientras esperaba a Sebastián Pineda, un gran amigo ensayista, menor de veinticinco años, pero ya apasionado con Reyes y R. H. Moreno-Durán, encontré una de esas revistas que se editan también para lavar dinero. La estuve ojeando y quién diría, encontré un poema que me fascinó, se llama “Los perros románticos” y está publicado en la antología homónima y personalísima que hace Roberto Bolaño con textos que van de 1980 hasta 1998. No conozco ese libro.  Lo buscaré mañana en la Biblioteca Luis Ángel Arango, el mejor lugar del mundo, con las catacumbas más importantes de Latinoamérica, llenas de libros. No en balde Susan Sontag le dijo a Germán que su país no estaba del todo perdido si contaban con un sitio como ése. Sí, es lo más vibrante de Colombia, de lo poco por lo que vale vivir entre estos cerros. Ah, pero decía que ya tengo tema de tesis. Sospecho que, si los poemas me siguen gustando, trabajaré sobre ellos. Me debo dar prisa, quiero ser el primero de mi grupo en entregarlo todo.

 

25 de mayo de 2005.

Sentimientos encontrados. El mejor poema de toda la antología es el que aún me hace eco porque resulta una toma de conciencia, una apuesta total por el lenguaje. Los versos tratan de cuando Bolaño tenía veinte años y había perdido un país, pero ganado un sueño. Es obvio que esa patria es Chile y que el sueño es la escritura. Lo curioso es que el sitio donde el poeta está soñándose colectivamente es el Distrito Federal, la famosa Ciudad de México con insalubres niveles de contaminación y cafés apestosos. Yo misma busqué esa magia extraviada que asegura Adolfo Castañón, en su libro Viaje a México, existía en muchos sitios donde los intelectuales más famosos iban a tomar expresos. Hasta me rellené el estómago con el pan de arroz de las cafeterías de chinos para ver si así. Pero como bien señala José Emilio Pacheco, la ciudad imaginada es sólo eso, tarde o temprano, se pierde. Lo que queda son las marcas, esas huellas como paseos existenciales, como cicatrices de lo vivido. ¿Será que un alto porcentaje de lo que narra Bolaño en sus novelas es autobiográfico? Si así fuera, haciendo a un lado todas las nociones de percepción, todas las teorías sobre el yo lírico o narrativo, ¡vaya cronotopo el que se inventa!: Mexico City (como dice Saúl Ibargoyen) luego del 68, del Halconazo y antes de Acteal, de Aguas Blancas. Una ciudad idealizada entre tortas de tamal y atole, un bardo en ciernes con suficiente imprudencia para cerrar los ojos, para saltar al vacío con una pluma entre las manos.

 

Junio 2005.

No es que extrañe México. O sí. Por lo pronto, me han ofrecido trabajo en la universidad. Escribo para una revista. Mis reseñas las leen los maestros de la facultad. Discuto mucho sobre literatura a todas horas, con quien se deje. Los amigos son cada vez más compadres. También a ellos les fascina Bolaño. Hablé con Johann largo y tendido sobre Amuleto, la novelita donde figura una uruguaya que se queda atrapada en el baño de la UNAM en pleno 68. Luego él dijo que los críticos literarios somos como esos amantes de los animales que se van largas temporadas al Serengueti o que son capaces de esperar horas para conseguir la toma de una gacela siendo devorada por un león. “Sí, vos, como esos de Animal Planet, a quienes se les va la vida luchando para que no se extinga una especie, sólo que nosotros trabajamos con libros, con autores. Ésa es nuestra misión, que se siga leyendo lo que vale la pena”. 

 

Julio 2005.

Hay vacaciones. No iré a México esta vez. Quizá en diciembre. Aprovecho para leer sin tregua ni mucho orden.  La clase que llevé sobre Literatura y Filosofía arrojó una lista imparable de lecturas pendientes. Así que avanzo con el llamado Círculo de Praga, “contra el que nadie pudo ni podrá”, según Enrique Vila-Matas en El mal de Montano. Sí, desde Kafka, Mann, Broch, Musil, pasando por Hrabal, Jelinek, todos ellos son el bastión de la palabra en el mundo. Si tuviéramos un correlato en América Latina, tendríamos que pensar, primero, en el Modernismo. Discutí con Pablo Montoya, quien iba a ser mi asesor de tesis, porque para él, quien nos representa literariamente en el mundo a los latinoamericanos es, por supuesto, Gabriel García Márquez. Le hablaba a Montoya sobre Bolaño y respondió que él lo conoció en París, que ya estaba enfermo, que sólo bebía té de manzanilla, pero que después de ese encuentro, devoró Los detectives salvajes por la noche, encerrado en el baño de la habitación donde dormía con su esposa e hijos –no tenía espacio para más, sólo ahí podía tener la luz encendida y leer sin interrupciones –; quién diría que una década más tarde, Pablo sería reconocido con el Premio Rómulo Gallegos. Su consejo sobre la escritura: “No queda más que seguir y seguir, palabra tras palabra, hasta que el tiempo pase, confiar en él. El tiempo siempre escribe los mejores finales”.

 

Agosto 2005.

Argentina es, en efecto, un país donde hasta los malos escritores saben escribir. De las voces nuevas, destaco a María Moreno, una periodista cuyas crónicas son un deleite. Ella asegura que hay linajes literarios por roce, por una experiencia intensa que permite vivir por delegación mientras que quienes han escrito haberla vivido son proyectados como mártires. Si somos lo suficientemente críticos, la fiebre bolañiana que se desataría en Estados Unidos luego de que la misma Susan Sontag le diera su bendición al chileno, se explica de ese modo, el malditismo tropical de los poetas salvajes, esos infrarrealistas que resultan tan exóticos para el mercado, para el lector de primer mundo todavía capaz de escandalizarse con las correrías de chicos que venden droga para subsistir y cuyo narcomenudeo es, en verdad, un detalle nimio, pues dichos personajes leen hasta en la ducha a autores franceses, buscan a un poeta desaparecida, escriben para vivir y hacen de la poesía esa experiencia a la que Moreno se refiere. Sí, los mártires son muy atractivos. Pero no debemos olvidar que Carlos Fuentes en Esto Creo, uno de sus más singulares ensayos, explica que el significado primigenio de la palabra mártir es testigo.

 

Septiembre 2005.

No habría Libro del desasosiego sin Lisboa.  Es más, no existiría Fernando Pessoa tal y como lo leemos con los ojos fascinados, sin esa ciudad de la que nunca salió. El espacio determina, va dictando no sólo atmósferas, sino formas de estar, personajes que son como son por la geografía, incluso por la época del año. Dos ejemplos: las novelas de Jorge Amado (para seguir con el portugués) y La peste de Albert Camus. En esta última, se lee: “Oran es una ciudad sin estaciones…” y de ahí en adelante, se puede esperar cualquier cosa. En busca del tiempo perdido e Historia de dos ciudades son otros casos, así que la pregunta siguiente es obligada: ¿puede existir una obra sin lugar? El teatro nos responde, en Esperando a Godot no se fija el espacio, pero sin la existencia del árbol que describe Ionesco, nos sería más difícil imaginar ese absurdo. Tampoco en A puerta cerrada de Sartre, sin embargo, la asfixia del cuarto es de por sí un espacio a la medida de lo que el filósofo desea comunicar. La mayoría de las veces, espacio es igual a arena dramática.

 

Octubre 2005.

Este semestre nos hemos repartido en diferentes seminarios. Veo poco a los compañeros en clase, pero los miércoles hemos instaurado una tertulia en el departamento de Johann que está frente a la universidad. Nos reunimos con un cuento leído y lo hablamos. A veces, si no es muy largo, lo leemos ahí mismo. Charlamos durante horas. No falta quien lleva vino y esas reuniones terminan en fiesta. Pero antes se discute, eso no falta. Ayer llegó un tal Juan Gabriel Vásquez que es algo así como el iluminado porque tiene un libro editado en Alfaguara. Me pareció pretencioso, pero para los demás es muy decente. Les doy una semana para que se lo devoren con el típico canibalismo literario que creía sólo mexicano. En Colombia no cantan nada mal las rancheras, por algo hay mariachis en Chapinero.

 

Noviembre 2005.

Yo no doy a leer lo que escribo. Me insisten, pero que se aguanten. Ya anduve tallereando bastante en la vida. Llegué a la Javeriana curado de espanto. Pedí una beca para Colombia porque la obra de Álvaro Mutis me causa una fascinación que aún no puedo explicar. Algún día la estudiaré a fondo. Me pasa igual con Juan Carlos Onetti. Decía que estudio una Maestría en Literatura en el país de Mutis por algunos de sus escritores y porque me urgía salir de México, pero eso es otra historia que aquí no conviene contar. Con esa urgencia entré a la página de Relaciones Exteriores y al coquetearle a uno de los empleados más jóvenes, me enteré de que para Colombia nadie aplica, así que acá estoy, no debería quejarme, la beca es completa, no se atrasan los pagos, el ICETEX no es el CONACYT, y me alcanza para un poco más de lo necesario. A veces vuelvo a mi eterna pregunta sobre las ciudades, a esa inquietud que me persigue, ¿y si hubiera ganado la beca para estudiar en Madrid, Austin o Londres, estaría escribiendo este diario? No. No habría conocido a Juan Manuel Roca, a Germán, a otros escritores experimentados.

 

Diciembre 2005.

Viajaré a México a mediados de este mes. Pasaré las fiestas con la familia y volveré en enero, un poco antes de que comience el último año del posgrado. No me emociona. Pero quedarme en Bogotá me resulta más aburrido. Los amigos, todos, se irán de vacaciones, “de paseo”, como dicen acá.

 

26 de diciembre.

 

Hace calor en este pueblo. Había olvidado el trópico mexicano entre las lluvias permanentes y la humedad bogotana. Hace calor. Leo, escribo. Me urge volver a la Biblioteca Luis Ángel Arango, extraño la cuota de los diez o quince libros que saco por semana.  Hace calor. No me entusiasma nada de lo que encuentro en la biblioteca del cuarto de mi niñez y adolescencia. Fui muy mala lectora. “En aquel tiempo, sólo tenía veinte años y era tan mal poeta que no sabía ir al fondo de las cosas”, dice Blaise Cendrars en La prosa del Transiberiano. Yo no sabía distinguir los buenos libros de los malos. He ahí la tarea esencial de un crítico y, más aún, de un ensayista.

 

1 de enero 2006.

Sebastián Pineda me escribe un mail. Johann está hospitalizado. Sufrió un derrame cerebral. Estaba en Cali, con su novia gringa que había llegado a Colombia de vacaciones. Mi amigo le mostraba su país, de la salsa caleña pasarían al sabor colonial de Popayán, la ciudad de donde él es originario. No tengo más información que esas tres escuetas líneas. Tendré que llamar.

 

2 de enero de 2006.

Hablé con Sebastián. Lo de Johann es muy grave, le reventó una arteria en el cerebro. Está inconsciente. No saben si despertará. La familia está desconsolada. Amy, la novia, no puede con el dolor. Tendré que acelerar mi partida. Veré si puedo cambiar el vuelo.

 

3 enero de 2006.

Johann murió esta madrugada. Tenía sólo 25 años.

 

Febrero 2006.

Llegué tarde. No hubo vuelos y hasta mediados de enero pude verme con Sebastián. Fuimos al departamento donde vivía Johann. Eli, su hermana, nos recibió llorosa. Amy, la novia, no había vuelto a Estados Unidos. Conversamos. Nos preguntaron qué hacer con los archivos que el finado dejó: diarios, dos novelas terminadas, cuentos, ensayos, trabajos escolares, etc. No nos sentíamos con ánimo de visitar su computadora. Lo hicimos por insistencia de las dos jóvenes ante cuyos rostros no nos pudimos negar. Johann era un buen escritor. No habla mucho de sus amistades en sus bitácoras de gran narrador en ciernes. Consigna algunas charlas sobre Roberto Bolaño y confiesa que, si yo no hubiera levantando la mano desde el segundo semestre pidiéndolo para la tesis de maestría, lo hubiera hecho él. “Esa mexicana siempre se me adelanta”, acotó.

 

Marzo 2006.

Cuando se te muere alguien lo sigues buscando no sólo en sus notas, cuadernos o lecturas. Le sigues la pista también con las amistades, con los maestros que el fallecido eligió. Es el caso de Germán Espinosa a quien comencé a frecuentar. Me había mudado a un apartaestudio de La Candelaria y ahora era vecino del escritor que avanzaba despacio por esas calles ayudado por un bastón. Usaba siempre traje de tres piezas en colores oscuros, algunos verdosos. Llevaba la típica cadenita con el reloj, los lentes y el pelo canoso, muy rizado, de los costeños de Cartagena. Hablamos de Johann sin parar, comentamos sus cuentos, sus filiaciones literarias, su encuentro con Bolaño que Espinosa no aprobaba. Discutimos bastante. No logré que el viejo aceptara a mi escritor favorito. Ortodoxo, para él eso de los infrarrealistas era puro cuento: “¿Una vanguardia a finales del Siglo XX que aparece en la capital mexicana?, eso es ficción pura, se pudo haber ocurrido a mí, pero no, ni el tiempo ni el lugar son propicios para una historia vanguardista que merezca la pena, ¿no te parece?”, preguntaba y de paso comenzaba a hablar pésimo de los políticos mexicanos, del narco de allá versus el narco de mi país. Para él, los mexicanos son peores, más sanguinarios: “Ya verás, ya verás”. Disfruto las tardes con Espinosa. Es un autor enciclopédico cuyo sentido común goza de muy buena salud. Es un caníbal, sí, por eso media Bogotá no lo aguanta, pero es buen maestro y quiere que aprenda, según él, a escribir. Es más, confesó que todo lo que le decía a Johann, me lo irá repitiendo, que me pasará su legado. No me importa. Yo ya escribo, pero me conmueve la intensidad con la que habla de la novela como género, de los narradores propicios para tal o cual trama, de la historia que lo mantiene ocupado (la de su esposa muerta, claro). Germán también me obliga a pulir mis argumentos cuando defiendo a Roberto Bolaño y a México. Le digo que el Distrito Federal no es una caneca de mierda –como asegura–, que es la Ciudad de los Palacios, que no se olvide de Alfonso Reyes ni de Carlos Fuentes. “A ellos sí los he leído como se debe, pero a ese chileno del que hablas con frenesí absoluto, ése es un payaso”.

 

Abril 2006.

Es un hecho que soy la más joven de la cofradía de los escritores paisas radicados en Bogotá. Todos los martes o miércoles almuerzo con Jaime Echeverri, Juan Manuel Roca y uno que otro invitado de éste que puede ser Omar Ortiz o Santiago Mutis. Espinosa no viene con nosotros porque está peleado a muerte con Echeverri por una vetusta cuestión de faldas, pero voy y le cuento. Se divierte con los temas de conversación y devora a sus enemigos. A Roca no, a él lo estima verdaderamente. Aprecio a ese grupo porque Echeverri, el archienemigo de mi maestro, es un gran cómplice, pues vivió en México siete años y ama a mi país como nadie. Roca también tiene una hermosa deuda con la nación azteca y siempre que puede, me cita a Héctor Rojas Herazo: “Cada vez que llego a México mi sensación es la del retorno, la de la casa”.  Ellos dos sí comprenden mi romance bolañiano, es más, ya leyeron Los detectives salvajes. Agradecen mi insistencia. Últimamente hemos charlado mucho de la feria que viene, mayo está a la vuelta y dicen que debo celebrar mi “promediazo” (todo se sabe en estos lares, todos son amigos de amigos, incluidos algunos maestros de la facultad) no saliendo de Corferias, sino bebiendo café desde la mañana (nunca me acostumbré a decir tinto) y alcohol por la noche. No me agrada el sabor del guaro, la verdad. En fin, que mantendré el hígado intacto hasta muy entrados los cincuenta. Quiero vivir para contarlo, (Gabo dixit) para ver qué más se escribe, hasta dónde llega la crítica sobre Bolaño y ver si se publican más inéditos.

 

Mayo 2006.

Llegamos con Sebastián a la presentación de Dios es redondo, el libro sobre futbol de Juan Villoro. Nos saludó muy amablemente y luego de sus entrevistas, lo llevamos a él, junto al escritor colombiano Hugo Chaparro, al departamento de Germán Espinosa. Cenamos platillos de Cartagena que Juan celebró cada dos minutos. Bebimos hasta el amanecer. Antes de partir, Villoro me dedicó su novela El testigo, luego me miró fijamente y fue por sus portafolios de piel marrón. Extrajo un libro rojo, editado por Anagrama, el título, París no se acaba nunca; el autor, Enrique Vila-Matas. Apenas lo vi, se me quebró un poco la voz, disimulé, por supuesto, aun cuando Villoro soltó una frase lapidaria: “Se lo traje a Johann, pero ahora veo que es para ti”. Resulta que él y Juan intercambiaban correos desde hace tres años. Le había hablado de mí, de un mexicano en su clase que “lo había leído todo”. Abracé al autor de El disparo de Argón, le agradecí el gesto. Cuando se subió al auto que lo alejaría de Colombia, soltó otra de sus oraciones de novela: “El libro que te di es la historia de una novela de formación”. 

 

Junio 2006.

Viajé a Medellín para ver el Festival Internacional de Poesía que se celebra cada año. Es verdad todo lo que me contaron. La ciudad enloquece con versos y los estadios sí se llenan con gente que va a escuchar poetas de todo el mundo. En mis conversaciones con los amigos de Roca, pregunté por Bolaño. Me topé de nuevo con Pablo Montoya y le dio gusto mi fidelidad con el tema, “¿cómo va esa tesis?”, preguntó y sentí vergüenza, la había tenido abandonada. La muerte de Johann y las tertulias me roban tiempo. Además, me concentré como nunca en la maestría. Subí las notas hasta llegar a números perfectos. Había sido fácil, sólo me enfoqué en lo que debía, organicé mi tiempo para entregar sin apuros los ensayos. “Así lo hubiera hecho Johann”, pensaba. Y sí, mi amigo era el mejor estudiante, el que sin duda se había llevado el primer lugar, la medalla, los méritos, todas esas cosas que entregan en las universidades de ese tipo. Pues bien, yo acá en Medellín y mi tesis flotando en el limbo de las cosas que deben entregarse a más tardar a finales de noviembre. De tanto hablar sobre la poesía de Bolaño con todo el que se me pusiera enfrente, me siento agotada, sin esa energía creadora. Por eso vine a Medellín, a ver si entre poetas me inspiro.

 

Julio 2006.

Rarezas de la vida, regresé a Bogotá y la lluvia me hizo sentir en casa. Vi a Germán Espinosa y lo noté nervioso. Fuimos a la cafetería de la séptima. Pidió whisky, le temblaba la mano con la cual fumaba sin parar desde la adolescencia. Me preguntó si me acordaba de Fernando Cué, un poeta mendicante que solía aparecer en cafeterías y plazas pidiendo dinero, lanzando maldiciones. Le dije que sí, que a una persona tan molesta no se podía olvidar, ya que drogado, borracho o lo que fuera, seguía a Espinosa hasta que éste le entregaba una moneda. Varias veces, desesperado o también ebrio, Germán había levantado su bastón en contra del vate. La miga narrativa de lo que quiero contar es que hace unos días, Cué entró a La Terminal, el café favorito de Espinosa, donde solemos vernos. El poetastro se acercó al costeño y le dijo: “Germán, ¡pero qué delgado te encuentro! No vaya ser que pronto te reencuentres con Josefina y tu alumno, el payanés”.  Me reí, pero mi contertulio seguía serio, luego explicó que Cué era famoso por sus textos llenos de alusiones a la santería, por los collares que usaba, etc. No hice mucho caso a la supuesta maldición que se cernía sobre él tomando en cuenta la obra de Espinosa donde lo esotérico está siempre presente. Bastan dos títulos de sus novelas para comprobarlo: Cuando besan las sombras, Los cortejos del Diablo, así que lo tranquilicé, pero él insistía en que sí, estaba más delgado e iría al médico. Yo no quise ver lo grande que el saco le quedaba, no tengo ojos para mirar más muerte.

 

Agosto 2006.

De vuelta para el último semestre de la maestría. Comienzo la tesis sobre Los perros románticos, el único poemario que me interesa de Roberto Bolaño. Si escribo al menos cinco páginas diarias, en octubre tendré un primer borrador. He pensado mucho en regresar a México. Me interesa apuntalar una carrera como escritora allí, pero también quiero continuar con la academia. Ya son muchos años estudiando, creo que es hora de estar del otro lado del pupitre. Lo puedo hacer. Conseguiré un contrato. Me imagino hablando de Roberto Bolaño a estudiantes de la UNAM y cumpliendo así un destino, el de analizar una obra que se gestó en el taller que Juan Bañuelos daba en la Torre de Rectoría.

 

Septiembre 2006.

A veces me arrepiento de haber elegido la poesía de Bolaño, pero si logro revelar con suficiencia el tejido de los vasos comunicantes que hay entre esos versos y las novelas, mi trabajo tendrá mayor relevancia, de todas maneras, tengo notas y hojas sueltas por todos lados. Es el cronotopo lo que verdaderamente me interesa, el Pariméxico que encuentro como un lugar que signa la temática. No en balde Carolina López, la esposa, explica que en territorio mexicano es donde el poeta tomó la decisión de entregar su vida a la escritura. Quizá no fue difícil porque no estaba solo, el mismo Bolaño era una especie de escudero de Mario Santiago Papasquiaro, el adalid de los infrarrealistas, esa vanguardia que se opuso al stablishment literario, un movimiento de ruptura de armas tomar; sus miembros bien podían bajarse los pantalones en plena presentación de un libro de Octavio Paz sin otro motivo más que el escándalo. No obstante, había algo de verdad literaria más allá del desenfreno y la poesía de esta promoción que se autonombra, se autopublica y se autodifunde. Bolaño es de los pocos que ya desde 1977, insisten en dejar algo de los infrarrealistas en las bibliotecas, un libro que tres décadas más tarde sus estudiosos buscarán como un cáliz raro y luminoso, Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego. Once jóvenes poetas latinoamericanos, publicada en julio de 1979. Con esa antología el chileno da por terminada su participación en el movimiento, pero en la mente seguirá recordando las andanzas de aquellos jóvenes con un romanticismo de excepción que lo convertirá en un autor de culto. Mario Santiago morirá en 1998. Las drogas, el alcohol y una locura a prueba de automóviles –solía caminar por las calles del DF cerrando los ojos, sin tomar en cuenta si algún carro se acercaba– le arrancarán la vida antes de los cincuenta años.  Roberto tardó en enterarse. Su muerte detonó la publicación de Los detectives salvajes.

 

Octubre 2006.

Avanzo con buen ritmo, no me detengo. Terminaré la tesis antes de lo esperado. Ayer un profesor me preguntó por qué ese libro, por qué ese autor, por qué no un clásico, por qué no alguien que retara, efectivamente, mi capacidad crítica. Les respondí con las mismas ideas de Rodrigo Fresán, escritor argentino cuyas novelas aplaudo: “Bolaño es uno de los escritores más románticos en el mejor sentido de la palabra. Y un acercamiento a él y a lo que escribió contagia casi instantáneamente una cierta idea romántica de la literatura y de su práctica como utopía realizable. Unas ganas feroces de que la vida sea escritura, de que la tinta sea igual de importante que la sangre”, suena a un combate inútil, a una empresa imposible, pero he ahí la receta de una obra que desarma, que atrae profundamente como un abismo o como la belleza que Rimbaud sentó en sus rodillas; o como los ángeles de Las elegías de Duino de Rainer María Rilke. Se trata, además, de un autor que acaba de morir y escribe desde la última frontera una prosa activa, pero también reflexiva, una propuesta en movimiento que no para de observar detalles. A tener valor “viviendo en obra”, es de las tantas cosas que enseña Bolaño.

 

Noviembre 2006.

La tesis está casi terminada. Pronto comenzará diciembre y tomaré un vuelo definitivo para México. Mis amigos lo saben, preparan despedidas, me llaman a todas horas. Yo sigo con el análisis de esa épica latinoamericana que es la obra de Bolaño y siento que ya estoy de regreso a Ciudad de México. Primero llega el alma y después la piel. Germán Espinosa no está muy de acuerdo con mi partida. Lo veo más cansado, se tarda más tiempo en llegar del café a su domicilio. Me preguntó qué voy a hacer a México, que dónde voy a encontrar más amistades que me aprecien como en Colombia. Sonrío, el viejo me ha adoptado de veras. Hoy lo llevé del brazo a su casa, luego de varios tintos (ya me sale natural la palabra) vi que está en los huesos. Me pidió que le consiguiera La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag, se lo dejaré en la portería mañana. Al despedirnos, me abrazó fuerte. Raro en él que es rudo, todo un macho de la costa.

 

Diciembre 2006

Dejé la tesis en la oficina del Director de la Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Me sé liberada y entiendo que volveré a Bogotá en unos meses, cuando tenga fecha de examen final. Ahora a mandar mi CV a todas partes. He cumplido en este país y el propio me espera. Andaré la ciudad de México con una mirada distinta. Iré al café La Habana en Bucarelli, a la Casa del Lago, a la UNAM, a Santa María la Ribera, a seguir, como detective, los pasos de Bolaño.

 

Marzo 2007.

Una tristísima vuelta a Bogotá de no ser por la reunión que organizó Jaime Echeverri en su casa para celebrar el examen final de la maestría y la nota que ya sabemos, un número absurdo por el que me felicitan y me parece lo menos importante. Llegué hace 72 horas y el café con Sebastián Pineda, de nuevo el mensajero de esta clase de noticias, me reveló la muerte de Germán Espinosa. Cáncer de lengua. El viejo lo sabía sepa Dios desde cuándo. Llevó estoico la enfermedad escribiendo una última novela sin descanso, Aitana. “Por cierto, Char, en ella salimos, Germán Espinosa nos vuelve personajes. No me digas que no lo imaginabas”, señala Pineda y me hundo en la silla, pienso en la maldición del poeta mendicante, en los libros que no he escrito, en que debo salir corriendo de Bogotá; hace apenas dos años bebía café con tres personas: un escritor consagrado, su esposa y un joven narrador con futuro. Ahora todos están muertos y llevo en la mente una historia que no pedí, que no busqué, una carga de la que no podré deshacerme pronto, sino hasta que me autoexilie de nuevo; hasta que pasen diez años y escriba crónicas, cuentos, novelas que eviten a Bolaño, que me alejen de América Latina y de México, hasta que un día sea un ensayo, paradójicamente, el que me lo devuelva.