Tríptico
de arqueros

I
Nos tuvimos que encerrar por la
peste de allá afuera. No sé cómo llegué a su bungalow si estaba pensando en
otra; pero Aída hablaba adivinando lo que yo sentía. Era cómodo no fingir
mientras nos burlábamos de la gente con cubrebocas, de las caras de los locutores
en la televisión informando el número de muertes. Cínicos y felices (entonces
no me daba cuenta de la dicha) abríamos botellas de vino, lavábamos los mismos
vasos y comíamos un poco de pan con queso. La cama era mesa, sala y jardín
porque soñábamos con ir a los viveros y comprar orquídeas, calas, geranios,
girasoles, pensamientos, lirios y todas esas palabras que en la boca de mi
amiga se convertían en besos granates de merlot, en olores de un par que
jugaban al cíclope y a la luna temblorosa en el agua de una novela que
comenzaba a reconocer.
Luego el tiempo, el azar, la memoria, el
espejo, el laberinto, los tigres. Así hasta la noche y el noticiario de las
diez con las mismas recomendaciones: salir lo menos posible, usar tapabocas y
no besar a nadie. Lo único que podía hacer el país era esperar a que se
redujera el índice de contagio. Lo más seguro, que los enfermos entubados iban
a morir. Al escuchar otra vez esa información, Aída se asomaba a la calle de
acacias eternas que sólo hay en esta ciudad y dirigía su vista al cielo.
Contaba el número de estrellas y de nubes sobre la barranca honda del paisaje.
Entonces se quedaba en silencio. Fueron los instantes que menos disfruté porque
temía que desapareciera observando la soledad de la avenida. No se lo dije,
pero el vidrio del ventanal me parecía una puerta entre dos mundos paralelos.
Para mí ninguno era real porque afuera todo era apocalíptico y adentro gozaba
del Génesis que tal vez no merecía.
"Así es como comienza a terminarse el
mundo", me dijo la tercera vez que despertamos. Le respondí que más bien
de esa manera se fundaba el universo.
II
Sospechaba que podría convertirme
en su juguete. Estaba sola y sólo podía hablar conmigo porque yo volvía a sus
pintores y narradores predilectos, porque la dejaba estar en paz con su locura
y la incomprensión del mundo. No preguntaba. No emitía opiniones que pudieran
detener el flujo de su conversación. Ella quería ser libre, pero luchaba
bastante frente al espejo. Repetía una canción de Fito Páez cuando no estaba
dibujando a escondidas algún pedazo de primavera. También sé que no se esperaba
lo que ocurrió en aquella semana de la peste. Fueron decenas de horas
memorizándola con las manos y los otros sentidos lentos, satisfechos.
El aire parecía filmar muy despacio
nuestra alma. No quería olvidar su ojos ni su voz en ayunas. Me habría gustado
encerrarla en un libro porque esa era la única prisión que ella podría tolerar.
Sin embargo me enteré de que Aída era prófuga de otras páginas, de márgenes muy
estrechos para la felicidad que provocaba sin sospechar el verdadero tamaño de
esta devoción. Y es que cuando me preguntaba por otra, yo respondía
entusiasmado. Le hablaba de la piel de esa muchacha, del perfume cítrico, la
cabellera brillante y la cintura breve que dije extrañar. Aída me escuchaba
atenta. Luego preguntaba detalles: la duración del primer orgasmo, las palabras
compartidas, las posibles promesas como peces de colores en su imaginación.
"Todas las promesas son bellísimas, pero requieren de su propio
ecosistema, aguas y reflejos para no sentirse tristes".
La primera vez que hablé de la muchacha lo
hice para confirmar que yo no era una historia importante para Aída, que tal
vez no podría serlo más allá del virus, de la encerrona, de nuestras soledades
casi gatunas en una pequeña ciudad de descanso que no era nuestra. La segunda
vez, al comprobar que mi amiga no se incomodaba, le hablé con más intensidad de
aquella mujer alegre y joven. Mi compañera actuó igual, preguntando, aconsejando,
riendo y celebrando lo que llamó mi frenesí por una nereida del post-post. La
tercera vez fui yo quien se sentía enojado. Desvié la pregunta sobre la
frecuencia con que pensaba en la otra. Me dio un arranque y besé a mi cómplice.
Esa tarde algo quedó de violencia en nuestro abrazo. Aída se quedó dormida en
mi pecho y mientras la primera estrella brotaba sin prisa en la frontera del
ventanal, lloré con culpa. No era más que un mentiroso.
III
Claro, me desaparecía por
momentos. Me quedaba callada porque lo había inventado todo, hasta la lluvia
que pretexté para escribir el poema y la historia que te trajo. Hacía frío, eso
sí fue verdad. Por eso desnudarme era difícil. No sabía que vendrían fotos y
luego el cuadro que él pintó y nunca quiso darme. En eso pensaba mirando la
ciudad sitiada por el virus. Tú seguías ahí, escuchando, enamorándote –ambos
actos son lo mismo–, aunque yo resistía. La última vez que lloré cuando un
hombre me confesó sus sentimientos cenábamos con velas y le dije que no deseaba
hacerle daño. No lo entendió. Era más joven, como tú. Compraba chocolates y
artesanías para mis ojos. Le gustaba el abismo, pero llevaba un paracaídas de
repuesto. Nació el día del terremoto. Me dejó un tatuaje y hecha trizas. Eso
casi fue lo último.
El más reciente entraba al chat con
equipaje de erotómano. Mientras las frases y los besos negros iban de un lado a
otro de las computadoras, yo buscaba tu huella. Una vez la memoria sacó su
látigo y me acordé del de la pintura. El erotómano confesó estar pensando en
una ex novia. También nos mentimos esa noche en medio de penetraciones
virtuales. Éramos más amigos que amantes y contra la naturaleza de esas
relaciones ni Dios puede. Busqué la novedad para llenar aquello más hondo.
Entonces comenzamos a charlar. Era refrescante saberme cazadora, tigra; jugar
porque en serio sólo había encontrado un puñado de adioses indigeribles. No
contaba con que cansada de coincidencias, de noches sin dormir conversando de
madrugada, llegábamos a nuestros trabajos ojerosos, pero plenos. No hacía falta
dar explicaciones. Nunca hubo necesidad de hacer referencia a ninguna parte de
nuestros cuerpos cansados de tocar sin tocar al otro. Ya nos conocíamos. Te
daba clases de italiano en la academia del centro de la ciudad. Pero sólo tres horas
a la semana hasta que nos encontramos tomando café gracias a una amiga en
común. Facebook hizo lo suyo.
En abril no querías regresar a tu casa. La
influenza nos confinó. Para entonces chateábamos a diario. Aquella fue una de
las conversaciones más entrañables de mi vida. Comenzamos a las cuatro de la
tarde y a las once tomaste la decisión de tocar el timbre. No hablamos.
Estábamos hartos de las palabras. El primer día salimos a comprar víveres sin
tapabocas. El supermercado estaba lleno. Hicimos una fila interminable y no nos
importó. Habíamos vuelto a conversar. Recuerdo que pesaban mucho las siete
botellas de merlot. Por momentos sentía que estábamos tratando de dejar Las
Vegas, que éramos como los personajes de una película o de aquella novela
desolada, como el Cónsul de un volcán debajo de la derrota para cual hemos
nacido. No estábamos inventando ninguna clase de amor, me repetía. Simplemente
no podíamos estar solos porque teníamos miedo del contagio o porque, tal vez,
teníamos que dormir juntos y hacerlo de todas maneras para dejar de
desvelarnos. Había que romper un hechizo que se había vuelto insoportable.
Calculé, lo admito, calculé el tiempo que duraría. Era directamente
proporcional al deseo, el control de la epidemia, la comida y, sobre todo, el
alcohol.
Pero nos descubrimos bebedores
aletargados. Nos gustaban las caricias, quizá tanto o más que las palabras. Tu
ternura debajo del disfraz de Casanova me desarmó. Mi llanto en la regadera
porque hablabas de otra mujer me reveló el riesgo. Esperé a que durmieras para
llamarle al erotómano y pedirle que viniera a hacer visita. Estuve a punto de
proponer un trío, pero eso habría sido peor que apuñalarte. Todo pasó muy
rápido. Fernando llegó con mascarilla. Tú te vestiste. Tomamos café los tres en
la sala. Luego ravioles. Se nos hizo de día acabándonos las botellas. Nadie
quiso salir a la peste. Ustedes siguieron hablando de música y yo me retiré a
la recámara. Dormí hasta que se volvió a hacer de noche. Me levanté buscándote.
El bungalow, con los trastes limpios, se había quedado solo.
Alma Karla Sandoval
