sábado, 14 de marzo de 2020


Tríptico de arqueros

Resultado de imagen de amor con cubrebocas

I
Nos tuvimos que encerrar por la peste de allá afuera. No sé cómo llegué a su bungalow si estaba pensando en otra; pero Aída hablaba adivinando lo que yo sentía. Era cómodo no fingir mientras nos burlábamos de la gente con cubrebocas, de las caras de los locutores en la televisión informando el número de muertes. Cínicos y felices (entonces no me daba cuenta de la dicha) abríamos botellas de vino, lavábamos los mismos vasos y comíamos un poco de pan con queso. La cama era mesa, sala y jardín porque soñábamos con ir a los viveros y comprar orquídeas, calas, geranios, girasoles, pensamientos, lirios y todas esas palabras que en la boca de mi amiga se convertían en besos granates de merlot, en olores de un par que jugaban al cíclope y a la luna temblorosa en el agua de una novela que comenzaba a reconocer.
     Luego el tiempo, el azar, la memoria, el espejo, el laberinto, los tigres. Así hasta la noche y el noticiario de las diez con las mismas recomendaciones: salir lo menos posible, usar tapabocas y no besar a nadie. Lo único que podía hacer el país era esperar a que se redujera el índice de contagio. Lo más seguro, que los enfermos entubados iban a morir. Al escuchar otra vez esa información, Aída se asomaba a la calle de acacias eternas que sólo hay en esta ciudad y dirigía su vista al cielo. Contaba el número de estrellas y de nubes sobre la barranca honda del paisaje. Entonces se quedaba en silencio. Fueron los instantes que menos disfruté porque temía que desapareciera observando la soledad de la avenida. No se lo dije, pero el vidrio del ventanal me parecía una puerta entre dos mundos paralelos. Para mí ninguno era real porque afuera todo era apocalíptico y adentro gozaba del Génesis que tal vez no merecía.
     "Así es como comienza a terminarse el mundo", me dijo la tercera vez que despertamos. Le respondí que más bien de esa manera se fundaba el universo.
II
Sospechaba que podría convertirme en su juguete. Estaba sola y sólo podía hablar conmigo porque yo volvía a sus pintores y narradores predilectos, porque la dejaba estar en paz con su locura y la incomprensión del mundo. No preguntaba. No emitía opiniones que pudieran detener el flujo de su conversación. Ella quería ser libre, pero luchaba bastante frente al espejo. Repetía una canción de Fito Páez cuando no estaba dibujando a escondidas algún pedazo de primavera. También sé que no se esperaba lo que ocurrió en aquella semana de la peste. Fueron decenas de horas memorizándola con las manos y los otros sentidos lentos, satisfechos.
     El aire parecía filmar muy despacio nuestra alma. No quería olvidar su ojos ni su voz en ayunas. Me habría gustado encerrarla en un libro porque esa era la única prisión que ella podría tolerar. Sin embargo me enteré de que Aída era prófuga de otras páginas, de márgenes muy estrechos para la felicidad que provocaba sin sospechar el verdadero tamaño de esta devoción. Y es que cuando me preguntaba por otra, yo respondía entusiasmado. Le hablaba de la piel de esa muchacha, del perfume cítrico, la cabellera brillante y la cintura breve que dije extrañar. Aída me escuchaba atenta. Luego preguntaba detalles: la duración del primer orgasmo, las palabras compartidas, las posibles promesas como peces de colores en su imaginación. "Todas las promesas son bellísimas, pero requieren de su propio ecosistema, aguas y reflejos para no sentirse tristes".
     La primera vez que hablé de la muchacha lo hice para confirmar que yo no era una historia importante para Aída, que tal vez no podría serlo más allá del virus, de la encerrona, de nuestras soledades casi gatunas en una pequeña ciudad de descanso que no era nuestra. La segunda vez, al comprobar que mi amiga no se incomodaba, le hablé con más intensidad de aquella mujer alegre y joven. Mi compañera actuó igual, preguntando, aconsejando, riendo y celebrando lo que llamó mi frenesí por una nereida del post-post. La tercera vez fui yo quien se sentía enojado. Desvié la pregunta sobre la frecuencia con que pensaba en la otra. Me dio un arranque y besé a mi cómplice. Esa tarde algo quedó de violencia en nuestro abrazo. Aída se quedó dormida en mi pecho y mientras la primera estrella brotaba sin prisa en la frontera del ventanal, lloré con culpa. No era más que un mentiroso.
III
Claro, me desaparecía por momentos. Me quedaba callada porque lo había inventado todo, hasta la lluvia que pretexté para escribir el poema y la historia que te trajo. Hacía frío, eso sí fue verdad. Por eso desnudarme era difícil. No sabía que vendrían fotos y luego el cuadro que él pintó y nunca quiso darme. En eso pensaba mirando la ciudad sitiada por el virus. Tú seguías ahí, escuchando, enamorándote –ambos actos son lo mismo–, aunque yo resistía. La última vez que lloré cuando un hombre me confesó sus sentimientos cenábamos con velas y le dije que no deseaba hacerle daño. No lo entendió. Era más joven, como tú. Compraba chocolates y artesanías para mis ojos. Le gustaba el abismo, pero llevaba un paracaídas de repuesto. Nació el día del terremoto. Me dejó un tatuaje y hecha trizas. Eso casi fue lo último.
      El más reciente entraba al chat con equipaje de erotómano. Mientras las frases y los besos negros iban de un lado a otro de las computadoras, yo buscaba tu huella. Una vez la memoria sacó su látigo y me acordé del de la pintura. El erotómano confesó estar pensando en una ex novia. También nos mentimos esa noche en medio de penetraciones virtuales. Éramos más amigos que amantes y contra la naturaleza de esas relaciones ni Dios puede. Busqué la novedad para llenar aquello más hondo. Entonces comenzamos a charlar. Era refrescante saberme cazadora, tigra; jugar porque en serio sólo había encontrado un puñado de adioses indigeribles. No contaba con que cansada de coincidencias, de noches sin dormir conversando de madrugada, llegábamos a nuestros trabajos ojerosos, pero plenos. No hacía falta dar explicaciones. Nunca hubo necesidad de hacer referencia a ninguna parte de nuestros cuerpos cansados de tocar sin tocar al otro. Ya nos conocíamos. Te daba clases de italiano en la academia del centro de la ciudad. Pero sólo tres horas a la semana hasta que nos encontramos tomando café gracias a una amiga en común. Facebook hizo lo suyo.
     En abril no querías regresar a tu casa. La influenza nos confinó. Para entonces chateábamos a diario. Aquella fue una de las conversaciones más entrañables de mi vida. Comenzamos a las cuatro de la tarde y a las once tomaste la decisión de tocar el timbre. No hablamos. Estábamos hartos de las palabras. El primer día salimos a comprar víveres sin tapabocas. El supermercado estaba lleno. Hicimos una fila interminable y no nos importó. Habíamos vuelto a conversar. Recuerdo que pesaban mucho las siete botellas de merlot. Por momentos sentía que estábamos tratando de dejar Las Vegas, que éramos como los personajes de una película o de aquella novela desolada, como el Cónsul de un volcán debajo de la derrota para cual hemos nacido. No estábamos inventando ninguna clase de amor, me repetía. Simplemente no podíamos estar solos porque teníamos miedo del contagio o porque, tal vez, teníamos que dormir juntos y hacerlo de todas maneras para dejar de desvelarnos. Había que romper un hechizo que se había vuelto insoportable. Calculé, lo admito, calculé el tiempo que duraría. Era directamente proporcional al deseo, el control de la epidemia, la comida y, sobre todo, el alcohol.
    Pero nos descubrimos bebedores aletargados. Nos gustaban las caricias, quizá tanto o más que las palabras. Tu ternura debajo del disfraz de Casanova me desarmó. Mi llanto en la regadera porque hablabas de otra mujer me reveló el riesgo. Esperé a que durmieras para llamarle al erotómano y pedirle que viniera a hacer visita. Estuve a punto de proponer un trío, pero eso habría sido peor que apuñalarte. Todo pasó muy rápido. Fernando llegó con mascarilla. Tú te vestiste. Tomamos café los tres en la sala. Luego ravioles. Se nos hizo de día acabándonos las botellas. Nadie quiso salir a la peste. Ustedes siguieron hablando de música y yo me retiré a la recámara. Dormí hasta que se volvió a hacer de noche. Me levanté buscándote. El bungalow, con los trastes limpios, se había quedado solo.


Alma Karla Sandoval

lunes, 9 de marzo de 2020


El sonido de su mundo derrumbándose
Alma Karla Sandoval







Iba a ser un 8 de marzo histórico y lo fue. En punto de las dos, con la clara luz de la tarde, cientos de grupos de mujeres se acercaban a la Plaza de la Revolución de CDMX.  La mayoría con ropa negra o violeta, paliacates, sombreros, mochilas y pancartas. Varios colectivos habían citado en ese punto de la ciudad donde los contingentes pluridiversos se enfilaban acordonados.

Antes de que comenzara el recorrido, la galería de consignas, el maquillaje en los rostros y las capuchas le dieron alma bizarra a la manifestación feminista más grande de la que se tenga recuerdo. La concentración se daba en plena coyuntura de la que surgió el Primer Paro Nacional de Mujeres en el país de la diosa Coatlicue, señora de la muerte y de la vida.

De ahí que la marcha, cuyas acciones directas dejaron claro que la primavera en femenino llegó para quedarse, que el patriarcado en voz de las manifestantes: “Se va a caer” porque “hay que quemarlo todo” y “ante la violencia machista, autodefensa feminista”; congregó a más de 150 mil personas entre las que centenas de jóvenes demostraron que entendieron pronto cómo se responde ante el paisaje forense de una nación con más de cuatro mil desaparecidas tan solo en 2019.

A decir de la escritora Laura Castellanos, esas muchachas que protestan radicalmente han sacudido al gobierno de Andrés Manuel López Obrador quien, en pleno Día de la Mujer, cimbró al país con estas palabras en un acto público: “A lo mejor no les va a gustar a algunos o a algunas lo que voy a decir, que no se puede omitir la aportación abnegada, así, lo repito, la contribución ab-ne-ga-da de Margarita Maza de Juárez”.

Tal vez por eso y por muchos otros motivos, la rabia de las jóvenes feministas que Castellanos estudia advirtiendo que varias son menores de 25 años, provienen de clase media o popular, se mueven en transporte público y protestan en colectivos particularmente femeninos: “Su belicosidad es proporcional a la violencia a la que están expuestas, pues ellas han crecido en un país invadido por fotografías de rostros de mujeres desaparecidas que se difunden en los espacios públicos mediante anuncios de búsqueda, notas en los medios de comunicación y peticiones de ayuda en las redes sociales”, expone la columnista de The Washington Post.

Y sí, organizadas, furibundas e inteligentes, esas mexicanas avanzaron desde el Monumento a la Revolución. No les tomó ni media hora demostrar de lo que son capaces porque a las dos con veinte, ya en el cruce con Reforma, ahí donde brilla El Caballito de Sebastian, el agua de la fuente del famoso Bicentenario se tornó roja. Ellas la habían tinturado para volverla un simbólico banderazo de salida que sorprendió a las decenas de reporteros reunidos para tomar la foto del comienzo, la primera de muchas en una cascada de incontables imágenes como registro de una memoria violeta, ¿o una marea?, que fue tomando la avenida Juárez.

Con ese estímulo visual, se encendieron las consignas: “¡Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven, que viva el feminismo que va a vencer, que va a vencer, y abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer!”, “¡este día no es de fiesta, es de lucha y de protesta!”, “¡Te dije que no, pendejo, no; mi cuerpo es mío, yo decido, tengo autonomía..!”, “¡amiga, hermana, si te pega no te ama!”, “¡hay que abortar, hay que abortar, este sistema patriarcal!”, todas replicándose, volviéndose una invisible serpiente prehispánica de ecos mientras la brisa en la Alameda Central arrancaba pétalos de las jacarandas y Ana María, una niña de cinco años, los capturaba con su manita derecha, pero alzando en puño el brazo izquierdo para repetir varias veces: “¡Mujer, escucha, esta es tu lucha!”.

Los ánimos subieron de tono a la altura del Palacio de Bellas Artes donde los grupos de jóvenes encapuchadas comenzaron a destrozar las vallas de seguridad de los monumentos, así como algunos paradores de autobuses. Los rostros sorprendidos de varias y varios que apoyaban la marcha eran como un mural de José Clemente Orozco, un largo lienzo expresionista y desencajado.

Entre el estupor, la desaprobación, el registro con celulares en ristre, las chicas con la cara tapada prosiguieron con su tarea: romper, destrozar, dejar huellas de spray no solo en los caballos y los jinetes de piedra, sino en el suelo mismo. Así lo hicieron tres que actuaban rápido. Una, con la cara cubierta solo con el típico pañuelo verde, se arriesgó a escribir: “No le debo nada al Estado”. Lo cierto es que ocurre exactamente al revés, en tierra azteca se registran diez feminicidios diarios y algunas expertas aseguran que, si no se frena esa escalada, en tres o cinco años la cifra podría alcanzar los quince o diecisiete.

Marcela Lagarde y Rita Segato vienen advirtiéndonoslo desde hace dos o tres décadas. La primera, en su más reciente entrevista para el diario El País, denunció que cualquier mujer en México está en riesgo frente a los hombres. La segunda en su libro, La guerra contra las mujeres, explica que Ciudad Juárez era una bolsa de muerte encapsulada que fue rompiéndose hasta llegar a esta mortandad solo comparable con ese “genocidio transcontinental” que fue la caza de brujas, un macabro dispositivo para impulsar la creación de la mujer doméstica, término que Silvia Federici acuñó.

No en balde varias protagonistas en la manifestación llevaban, precisamente, sombreros de bruja. Son incontables los videos donde varias de ellas acompañaban a las otras, las que usaban el uniforme ya típico de la protesta extremista: pasamontañas, guantes, pantalones y blusa negra, mascarillas de oxígeno o goggles para protegerse del polvo, el humo, la diamantina y el olor de los solventes.  Vaya que son necesarios en esas brumas que destantean a la “policía patriarcal” como la han llamado, a los graneros hombres y mujeres colocados en las orillas de las calles, una en especial: Cinco de mayo, donde la vanguardia de la marcha entró en el zócalo capitalino rompiéndolo vallas de contención.

Eran las 3:22 cuando en la esquina con Filomeno Mata, grupos autodenominados como redfem dibujaron cruces, la “A” anarquista y escribieron quejas contra AMLO en las paredes. Después derribaron algunos muros que protegían el viejo edificio de Pesas y Medidas, así como los vidrios de la puerta del banco HSBC. Difícil condenarlas. A unos diez metros antes de llegar a ese punto, una pinta violeta en el suelo erizaba la piel: “Fernando me violó”, y si se levantaba la mirada, en dos cartulinas se encontraron estas frases: “Los machos nos matan en México”, “¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose”.

¿Cómo transcurrieron esas acciones directas? Lo primero que se oyó fueron varios golpes secos de las manifestantes que trataban de tirar las protecciones hechizas del gobierno para evitar los daños a la propiedad pública y privada.  De hecho, esas chicas tomaron las riberas de las calles obligando a las granaderas a retroceder y a actuar pronto a los comandos especiales de mujeres vestidas de rojo, con cascos y credenciales que las identificaban como observadoras de derechos humanos o voluntarias que protegían a las enmascaradas.

Ya desde Juárez se les vio cerrándoles el paso a los guardias que trataban de dispersar a las jóvenes quienes corrían en contingentes al igual que preciosos remolinos. Las demás que avanzaban al centro de la avenida, aplaudieron y apoyaron a las “destructoras” con un grito apache. Luego de que estas derribaran contenedores, de metal o madera con martillos o mazos, irrumpió otro grito: “¡Fuimos todas!, ¡fuimos todas!”.

En el aire, más humo violeta o verde. Dos zumbidos competían: el de media docena de drones y el de los tasers que haciéndolos sonar se levantaron luego de uno de los cantos más estremecedores: “Ingrid no se murió, Ingrid se hizo millones, se hizo millones, Ingrid soy yo”.  Entonces dos mujeres se abrazaron llorando y otras declaraban su enojo aplaudiendo hasta que sus manos enrojecían para entrar así en la Plaza de la Constitución con todo lo que esa marea violeta significaba, “una exhibición de fuerza”, como informó la prensa internacional pocas horas más tarde.  Pero cabe señalar que no se trató solo de un espectáculo, sino del arte de poner el cuerpo cuando les han arrebatado todo, incluso el temor.

Ya en la plancha del Zócalo, diversos contingentes descansaron, por ejemplo, los grupos de las madres que buscan a sus hijas, las damnificadas de sismos, las que tienen alguna discapacidad, las indígenas, las redfem, las de un gigantesco pañuelo verde, las que cargaban una vagina enorme, como si fuera una santa entre flores y musgo. Sentadas, compraban nieves, botellas de agua, se limpiaban el sudor en medio de un mitin justo detrás de Palacio Nacional que estaba dándoles la bienvenida a miles de manifestantes a la par que elocuentes oradoras denunciaban un boquete en la Cinco de Mayo donde la policía trató de dispersar o hacer más lento el tránsito. Pero el flujo morado era imparable.

A las 4:15, las primeras feministas desplegaron, justo en lo más alto del tablado frente a la Catedral Metropolitana, la bandera nacional con la leyenda: “México feminicida” mientras los gritos, los cantos, continuaban reproduciéndose hasta que una joven de cabello y piel muy clara, ahí también en lo alto, se quitó el top y mostró los senos. Solo una entre miles. Así es esta nación colonial porque si se tratara de Chile o Argentina, los cuerpos semidesnudos y las denuncias escritas en ellos serían decenas.  

Lo que siguió fue otro sonido: el de una bomba que levantó tres largas nubes de humo negro y que obligaron, a las cuatro y media de la tarde, a varias mujeres a salir del lugar. Pero las voces de las protagonistas del mitin con potentes micrófonos, las conminaban a permanecer justo ahí: “Favor de quedarse en el centro de la plaza, ahí están seguras, compañeras. Son hombres quienes están soltando esas bombas, no nosotras”, era la recomendación. Veinticuatro horas después se supo que fue una mujer policía infiltrada la responsable de lanzar esa bomba molotov. No obstante, varias personas se marcharon, pero llegaban otros contingentes, más refuerzos desde la avenida 20 de noviembre en cuyas banderas verdes se leía el nombre de diversos sindicatos.

“Si esto no es una revolución, no sé cómo llamarlo”, le dijo una señora en silla de ruedas a sus dos hijas quienes bandaonaron la plaza empujando el transporte materno con una pancarta y este mensaje: “Las prefiero vivas y violentas que desaparecidas, violadas o muertas”. Justo entonces otros ruidos, sirenas de ambulancias y helicópteros que no opacaron la canción de la lumbre. Hasta pasadas la seis de la tarde, las feministas corrieron, bailaron tomadas de las manos y también saltaron triunfantes hasta que el cansancio las venció alrededor de las hogueras ahí, en el corazón de Tenochtitlan, junto al Templo Mayor donde tenían lugar los sacrificios. Siglos después, esas jóvenes que se saben portadoras del legado de sus ancestras, que las sienten detrás suyo cada vez que resisten, le gritaron al universo que sí, la mejor defensa es el ataque.