El sonido de su mundo derrumbándose
Iba a ser un 8 de marzo histórico y lo fue. En punto de las
dos, con la clara luz de la tarde, cientos de grupos de mujeres se acercaban a
la Plaza de la Revolución de CDMX. La mayoría
con ropa negra o violeta, paliacates, sombreros, mochilas y pancartas. Varios
colectivos habían citado en ese punto de la ciudad donde los contingentes
pluridiversos se enfilaban acordonados.
Antes de que comenzara el recorrido, la galería de consignas,
el maquillaje en los rostros y las capuchas le dieron alma bizarra a la
manifestación feminista más grande de la que se tenga recuerdo. La
concentración se daba en plena coyuntura de la que surgió el Primer Paro Nacional
de Mujeres en el país de la diosa Coatlicue, señora de la muerte y de la vida.
De ahí que la marcha, cuyas acciones directas dejaron claro que
la primavera en femenino llegó para quedarse, que el patriarcado en voz de las
manifestantes: “Se va a caer” porque “hay que quemarlo todo” y “ante la
violencia machista, autodefensa feminista”; congregó a más de 150 mil personas
entre las que centenas de jóvenes demostraron que entendieron pronto cómo se
responde ante el paisaje forense de una nación con más de cuatro mil desaparecidas
tan solo en 2019.
A decir de la escritora
Laura Castellanos, esas muchachas que protestan radicalmente han sacudido al
gobierno de Andrés Manuel López Obrador quien, en pleno Día de la Mujer, cimbró
al país con estas palabras en un acto público: “A lo mejor no les va a gustar a
algunos o a algunas lo que voy a decir, que no se puede omitir la aportación
abnegada, así, lo repito, la contribución ab-ne-ga-da de Margarita Maza de
Juárez”.
Tal vez por eso y por muchos otros motivos, la rabia de las
jóvenes feministas que Castellanos estudia advirtiendo que varias son menores
de 25 años, provienen de clase media o popular, se mueven en transporte público
y protestan en colectivos particularmente femeninos: “Su belicosidad es
proporcional a la violencia a la que están expuestas, pues ellas han crecido en
un país invadido por fotografías de rostros de mujeres desaparecidas que se
difunden en los espacios públicos mediante anuncios de búsqueda, notas en los
medios de comunicación y peticiones de ayuda en las redes sociales”, expone la
columnista de The Washington Post.
Y sí, organizadas, furibundas e inteligentes, esas mexicanas avanzaron
desde el Monumento a la Revolución. No les tomó ni media hora demostrar de lo
que son capaces porque a las dos con veinte, ya en el cruce con Reforma, ahí
donde brilla El Caballito de Sebastian, el agua de la fuente del famoso
Bicentenario se tornó roja. Ellas la habían tinturado para volverla un
simbólico banderazo de salida que sorprendió a las decenas de reporteros reunidos
para tomar la foto del comienzo, la primera de muchas en una cascada de
incontables imágenes como registro de una memoria violeta, ¿o una marea?, que fue
tomando la avenida Juárez.
Con ese estímulo visual, se encendieron las consignas: “¡Ahora
que estamos juntas, ahora que sí nos ven, que viva el feminismo que va a
vencer, que va a vencer, y abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer!”, “¡este
día no es de fiesta, es de lucha y de protesta!”, “¡Te dije que no, pendejo,
no; mi cuerpo es mío, yo decido, tengo autonomía..!”, “¡amiga, hermana, si te
pega no te ama!”, “¡hay que abortar, hay que abortar, este sistema
patriarcal!”, todas replicándose, volviéndose una invisible serpiente
prehispánica de ecos mientras la brisa en la Alameda Central arrancaba pétalos
de las jacarandas y Ana María, una niña de cinco años, los capturaba con su
manita derecha, pero alzando en puño el brazo izquierdo para repetir varias
veces: “¡Mujer, escucha, esta es tu lucha!”.
Los ánimos subieron de tono a la altura del Palacio de Bellas
Artes donde los grupos de jóvenes encapuchadas comenzaron a destrozar las
vallas de seguridad de los monumentos, así como algunos paradores de autobuses.
Los rostros sorprendidos de varias y varios que apoyaban la marcha eran como un
mural de José Clemente Orozco, un largo lienzo expresionista y desencajado.
Entre el estupor, la desaprobación, el registro con celulares
en ristre, las chicas con la cara tapada prosiguieron con su tarea: romper,
destrozar, dejar huellas de spray no solo en los caballos y los jinetes de
piedra, sino en el suelo mismo. Así lo hicieron tres que actuaban rápido. Una,
con la cara cubierta solo con el típico pañuelo verde, se arriesgó a escribir:
“No le debo nada al Estado”. Lo cierto es que ocurre exactamente al revés, en tierra
azteca se registran diez feminicidios diarios y algunas expertas aseguran que,
si no se frena esa escalada, en tres o cinco años la cifra podría alcanzar los
quince o diecisiete.
Marcela Lagarde y Rita Segato vienen advirtiéndonoslo desde
hace dos o tres décadas. La primera, en su más reciente entrevista para el
diario El País, denunció que cualquier mujer en México está en riesgo
frente a los hombres. La segunda en su libro, La guerra contra las mujeres,
explica que Ciudad Juárez era una bolsa de muerte encapsulada que fue
rompiéndose hasta llegar a esta mortandad solo comparable con ese “genocidio
transcontinental” que fue la caza de brujas, un macabro dispositivo para
impulsar la creación de la mujer doméstica, término que Silvia Federici acuñó.
No en balde varias protagonistas en la manifestación
llevaban, precisamente, sombreros de bruja. Son incontables los videos donde varias
de ellas acompañaban a las otras, las que usaban el uniforme ya típico de la
protesta extremista: pasamontañas, guantes, pantalones y blusa negra,
mascarillas de oxígeno o goggles para protegerse del polvo, el humo, la
diamantina y el olor de los solventes.
Vaya que son necesarios en esas brumas que destantean a la “policía
patriarcal” como la han llamado, a los graneros hombres y mujeres colocados en
las orillas de las calles, una en especial: Cinco de mayo, donde la vanguardia
de la marcha entró en el zócalo capitalino rompiéndolo vallas de contención.
Eran las 3:22 cuando en la esquina con Filomeno Mata, grupos
autodenominados como redfem dibujaron cruces, la “A” anarquista y escribieron quejas
contra AMLO en las paredes. Después derribaron algunos muros que protegían el
viejo edificio de Pesas y Medidas, así como los vidrios de la puerta del banco
HSBC. Difícil condenarlas. A unos diez metros antes de llegar a ese
punto, una pinta violeta en el suelo erizaba la piel: “Fernando me violó”, y si
se levantaba la mirada, en dos cartulinas se encontraron estas frases: “Los
machos nos matan en México”, “¿Escucharon? Es el sonido de su mundo
derrumbándose”.
¿Cómo transcurrieron esas acciones directas? Lo primero que
se oyó fueron varios golpes secos de las manifestantes que trataban de tirar
las protecciones hechizas del gobierno para evitar los daños a la propiedad pública
y privada. De hecho, esas chicas tomaron
las riberas de las calles obligando a las granaderas a retroceder y a actuar
pronto a los comandos especiales de mujeres vestidas de rojo, con cascos y credenciales
que las identificaban como observadoras de derechos humanos o voluntarias que
protegían a las enmascaradas.
Ya desde Juárez se les vio cerrándoles el paso a los guardias
que trataban de dispersar a las jóvenes quienes corrían en contingentes al
igual que preciosos remolinos. Las demás que avanzaban al centro de la avenida,
aplaudieron y apoyaron a las “destructoras” con un grito apache. Luego de que
estas derribaran contenedores, de metal o madera con martillos o mazos, irrumpió otro grito: “¡Fuimos
todas!, ¡fuimos todas!”.
En el aire, más humo violeta o verde. Dos zumbidos competían:
el de media docena de drones y el de los tasers que haciéndolos sonar se
levantaron luego de uno de los cantos más estremecedores: “Ingrid no se murió,
Ingrid se hizo millones, se hizo millones, Ingrid soy yo”. Entonces dos mujeres se abrazaron llorando y
otras declaraban su enojo aplaudiendo hasta que sus manos enrojecían para
entrar así en la Plaza de la Constitución con todo lo que esa marea violeta
significaba, “una exhibición de fuerza”, como informó la prensa internacional
pocas horas más tarde. Pero cabe señalar
que no se trató solo de un espectáculo, sino del arte de poner el cuerpo cuando
les han arrebatado todo, incluso el temor.
Ya en la plancha del Zócalo, diversos contingentes descansaron,
por ejemplo, los grupos de las madres que buscan a sus hijas, las damnificadas
de sismos, las que tienen alguna discapacidad, las indígenas, las redfem, las
de un gigantesco pañuelo verde, las que cargaban una vagina enorme, como si
fuera una santa entre flores y musgo. Sentadas, compraban nieves, botellas de
agua, se limpiaban el sudor en medio de un mitin justo detrás de Palacio
Nacional que estaba dándoles la bienvenida a miles de manifestantes a la par
que elocuentes oradoras denunciaban un boquete en la Cinco de Mayo donde la
policía trató de dispersar o hacer más lento el tránsito. Pero el flujo morado
era imparable.
A las 4:15, las primeras feministas desplegaron, justo en
lo más alto del tablado frente a la Catedral Metropolitana, la bandera nacional
con la leyenda: “México feminicida” mientras los gritos, los cantos,
continuaban reproduciéndose hasta que una joven de cabello y piel muy clara,
ahí también en lo alto, se quitó el top y mostró los senos. Solo una entre
miles. Así es esta nación colonial porque si se tratara de Chile o Argentina,
los cuerpos semidesnudos y las denuncias escritas en ellos serían decenas.
Lo que siguió fue otro sonido: el de una bomba que levantó
tres largas nubes de humo negro y que obligaron, a las cuatro y media de la
tarde, a varias mujeres a salir del lugar. Pero las voces de las protagonistas
del mitin con potentes micrófonos, las conminaban a permanecer justo ahí:
“Favor de quedarse en el centro de la plaza, ahí están seguras, compañeras. Son
hombres quienes están soltando esas bombas, no nosotras”, era la recomendación.
Veinticuatro horas después se supo que fue una mujer policía infiltrada la
responsable de lanzar esa bomba molotov. No obstante, varias personas se
marcharon, pero llegaban otros contingentes, más refuerzos desde la avenida 20
de noviembre en cuyas banderas verdes se leía el nombre de diversos sindicatos.
“Si esto no es una revolución, no sé cómo llamarlo”, le dijo una
señora en silla de ruedas a sus dos hijas quienes bandaonaron la plaza empujando
el transporte materno con una pancarta y este mensaje: “Las prefiero vivas y
violentas que desaparecidas, violadas o muertas”. Justo entonces otros ruidos,
sirenas de ambulancias y helicópteros que no opacaron la canción de la lumbre.
Hasta pasadas la seis de la tarde, las feministas corrieron, bailaron tomadas
de las manos y también saltaron triunfantes hasta que el cansancio las venció
alrededor de las hogueras ahí, en el corazón de Tenochtitlan, junto al Templo
Mayor donde tenían lugar los sacrificios. Siglos después, esas jóvenes que se saben
portadoras del legado de sus ancestras, que las sienten detrás suyo cada vez que
resisten, le gritaron al universo que sí, la mejor defensa es el ataque.

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