Un diario que no es un diario
Alma Karla Sandoval
La
literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái
no
pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe,
además,
que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a
ser
derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”.
Roberto Bolaño.
Enero 2005.
Ese libro tardará diez años en escribirse y quizá yo
ya no sea la misma persona, y haya perdido más, mucho más, que Roberto Bolaño.
O tal vez llegue a entenderlo, aunque me quede hígado y me reste algo de tiempo
para vender una novela. Será un libro en seis partes como una promesa juvenil
que nos hacemos, como esa apuesta por la escritura que el chileno hizo en el
Distrito Federal de entonces. Un libro que pruebe que sin un país extraviado y
otro recuperado, con miasmas en las calles, ejes, parques con gardenias y
librerías de viejo, no se puede forjar una obra. Un libro a secas, pero con el
ardor de una bildungsroman que se
escribe para vivir, pero, paradójicamente, con el encanto suicida de los textos
que nos acompañan.
Febrero 2005.
Lo siento, Rosario, pero escribimos como amamos. Lo demás no ha estado impreso nunca.
Marzo 2005.
Por fin soy alguien que escribe. Hoy, cruzando el
inmundo puente peatonal que me llevaba a clases, sentí ese vértigo. He
terminado una novela y sé que tiene sentido. Se publique o no, entiendo que no
hay marcha atrás. Pienso en Ricardo Piglia y esa emoción de estar “como pez en
el hielo”. Llueve en Bogotá, alguna nube se derrama siempre. García Márquez
dice que en esta ciudad cae una llovizna desde el Siglo XVI. Bonito lugar fui a
elegir para decir que soy alguien que escribe, que ni idea tiene de dónde van a
llevarlo sus palabras. Vi un charco de sangre el lunes pasado en la Plaza de
los Periodistas. No sé qué haría si México se disfraza de esta nación, si las
postales de las novelas de Fernando Vallejo se nos vuelven realidad.
3 abril 2005.
Un chuzo maloliente en la séptima. Johann bebió de
más. Jorge y yo lo llevamos a su casa en un taxi caro, sospechoso. Llegué a
casa y pensé en Los detectives salvajes. Tengo
dos amigos nuevos, he encontrado a mi Arturo Belano, a mi Ulises Lima. ¿Y yo? Yo soy García Madero, hasta tengo un
diario que no lo es y soy una chica.
17 abril 2005.
Con todo, un diario ayuda si no quieres que se te
enfríe la mano o que al rato ya no sepas cómo empezar otro libro. La diarística
es importante, es como hacer flexiones, calentar todos los días en el gimnasio
de lo ocurre. Johann, a quien admiro porque es, de todo el grupo, el que sí
logrará algo, también consigna reflexiones en torno a sus lecturas. Es un buen
ensayista. Creo qu,e con los años, quien esto escribe, ha ido desconfiando del
género. El centauro de Alfonso Reyes perdió peso en mi imaginación. Como toda
criatura mitológica, un buen día se descree de ella. O no. Dudo por costumbre.
He ganado diplomas por mis ensayos. Es fácil escribirlos y muy difícil ir corrigiéndolos.
Para ser un gran ensayista hay que mirar con devoción, con fe, el objeto de
estudio o, mínimo, con empatía. Hay que entender y afinar la energía nuclear de
los temas que nos embrujan. Me interesa Roberto Bolaño. Me inquieta que se esté
convirtiendo en una obsesión, pero en El
escritor y sus fantasmas, libro que acabo de terminar, Ernesto Sábato
asegura que, sin obsesiones, todo aquel que escribe vale poco. Me rindo
entonces. Leeré otra novelita de Bolaño.
28 de abril 2005.
Johann llegó al seminario de Octavio Paz con aliento
alcohólico y sueño. Usaba un traje gris oscuro. Le pregunté de dónde venía.
Entonces soltó la noticia, acababa de fallecer la esposa del escritor que me
presentó apenas nos conocimos: Germán Espinosa, cuya novela, La tejedora de coronas, es una obra de
arte del neobarroco latinoamericano. Hacía menos de dos meses que me había
sentado en una panadería de las Torres Jiménez de Quezada a tomar tinto con ese
autor, con Josefina, su compañera, y mi contemporáneo. No parecía una mujer
enferma, llevaba un abrigo blanco de visón, los ojos maquilladísimos y las
manos con joyas de bisutería añeja. Espinosa, como es lógico, está
inconsolable. “Tenés que ir a verlo”, me pidió Johann.
Mayo 2005.
Tengo tema de tesis. Visite esta tarde la Feria
Internacional del Libro en Corferias. Mientras esperaba a Sebastián Pineda, un
gran amigo ensayista, menor de veinticinco años, pero ya apasionado con Reyes y
R. H. Moreno-Durán, encontré una de esas revistas que se editan también para
lavar dinero. La estuve ojeando y quién diría, encontré un poema que me
fascinó, se llama “Los perros románticos” y está publicado en la antología
homónima y personalísima que hace Roberto Bolaño con textos que van de 1980
hasta 1998. No conozco ese libro. Lo
buscaré mañana en la Biblioteca Luis Ángel Arango, el mejor lugar del mundo,
con las catacumbas más importantes de Latinoamérica, llenas de libros. No en
balde Susan Sontag le dijo a Germán que su país no estaba del todo perdido si
contaban con un sitio como ése. Sí, es lo más vibrante de Colombia, de lo poco
por lo que vale vivir entre estos cerros. Ah, pero decía que ya tengo tema de
tesis. Sospecho que, si los poemas me siguen gustando, trabajaré sobre ellos.
Me debo dar prisa, quiero ser el primero de mi grupo en entregarlo todo.
25 de mayo de 2005.
Sentimientos encontrados. El mejor poema de toda la
antología es el que aún me hace eco porque resulta una toma de conciencia, una
apuesta total por el lenguaje. Los versos tratan de cuando Bolaño tenía veinte
años y había perdido un país, pero ganado un sueño. Es obvio que esa patria es
Chile y que el sueño es la escritura. Lo curioso es que el sitio donde el poeta
está soñándose colectivamente es el Distrito Federal, la famosa Ciudad de
México con insalubres niveles de contaminación y cafés apestosos. Yo misma
busqué esa magia extraviada que asegura Adolfo Castañón, en su libro Viaje a México, existía en muchos sitios
donde los intelectuales más famosos iban a tomar expresos. Hasta me rellené el
estómago con el pan de arroz de las cafeterías de chinos para ver si así. Pero
como bien señala José Emilio Pacheco, la ciudad imaginada es sólo eso, tarde o
temprano, se pierde. Lo que queda son las marcas, esas huellas como paseos
existenciales, como cicatrices de lo vivido. ¿Será que un alto porcentaje de lo
que narra Bolaño en sus novelas es autobiográfico? Si así fuera, haciendo a un
lado todas las nociones de percepción, todas las teorías sobre el yo lírico o
narrativo, ¡vaya cronotopo el que se inventa!: Mexico City (como dice Saúl Ibargoyen) luego del 68, del Halconazo
y antes de Acteal, de Aguas Blancas. Una ciudad idealizada entre tortas de
tamal y atole, un bardo en ciernes con suficiente imprudencia para cerrar los
ojos, para saltar al vacío con una pluma entre las manos.
Junio 2005.
No es que extrañe México. O sí. Por lo pronto, me han
ofrecido trabajo en la universidad. Escribo para una revista. Mis reseñas las
leen los maestros de la facultad. Discuto mucho sobre literatura a todas horas,
con quien se deje. Los amigos son cada vez más compadres. También a ellos les
fascina Bolaño. Hablé con Johann largo y tendido sobre Amuleto, la novelita donde figura una uruguaya que se queda
atrapada en el baño de la UNAM en pleno 68. Luego él dijo que los críticos
literarios somos como esos amantes de los animales que se van largas temporadas
al Serengueti o que son capaces de esperar horas para conseguir la toma de una
gacela siendo devorada por un león. “Sí, vos, como esos de Animal Planet, a quienes se les va la vida luchando para que no se
extinga una especie, sólo que nosotros trabajamos con libros, con autores. Ésa
es nuestra misión, que se siga leyendo lo que vale la pena”.
Julio 2005.
Hay vacaciones. No iré a México esta vez. Quizá en
diciembre. Aprovecho para leer sin tregua ni mucho orden. La clase que llevé sobre Literatura y
Filosofía arrojó una lista imparable de lecturas pendientes. Así que avanzo con
el llamado Círculo de Praga, “contra el que nadie pudo ni podrá”, según Enrique
Vila-Matas en El mal de Montano. Sí,
desde Kafka, Mann, Broch, Musil, pasando por Hrabal, Jelinek, todos ellos son
el bastión de la palabra en el mundo. Si tuviéramos un correlato en América
Latina, tendríamos que pensar, primero, en el Modernismo. Discutí con Pablo
Montoya, quien iba a ser mi asesor de tesis, porque para él, quien nos
representa literariamente en el mundo a los latinoamericanos es, por supuesto,
Gabriel García Márquez. Le hablaba a Montoya sobre Bolaño y respondió que él lo
conoció en París, que ya estaba enfermo, que sólo bebía té de manzanilla, pero
que después de ese encuentro, devoró Los
detectives salvajes por la noche, encerrado en el baño de la habitación
donde dormía con su esposa e hijos –no tenía espacio para más, sólo ahí podía
tener la luz encendida y leer sin interrupciones –; quién diría que una década
más tarde, Pablo sería reconocido con el Premio Rómulo Gallegos. Su consejo
sobre la escritura: “No queda más que seguir y seguir, palabra tras palabra,
hasta que el tiempo pase, confiar en él. El tiempo siempre escribe los mejores
finales”.
Agosto 2005.
Argentina es, en efecto, un país donde hasta los malos
escritores saben escribir. De las voces nuevas, destaco a María Moreno, una
periodista cuyas crónicas son un deleite. Ella asegura que hay linajes literarios
por roce, por una experiencia intensa que permite vivir por delegación mientras
que quienes han escrito haberla vivido son proyectados como mártires. Si somos
lo suficientemente críticos, la fiebre bolañiana que se desataría en Estados
Unidos luego de que la misma Susan Sontag le diera su bendición al chileno, se
explica de ese modo, el malditismo tropical de los poetas salvajes, esos
infrarrealistas que resultan tan exóticos para el mercado, para el lector de
primer mundo todavía capaz de escandalizarse con las correrías de chicos que
venden droga para subsistir y cuyo narcomenudeo es, en verdad, un detalle
nimio, pues dichos personajes leen hasta en la ducha a autores franceses,
buscan a un poeta desaparecida, escriben para vivir y hacen de la poesía esa
experiencia a la que Moreno se refiere. Sí, los mártires son muy atractivos.
Pero no debemos olvidar que Carlos Fuentes en Esto Creo, uno de sus más singulares ensayos, explica que el
significado primigenio de la palabra mártir
es testigo.
Septiembre 2005.
No habría Libro
del desasosiego sin Lisboa. Es más,
no existiría Fernando Pessoa tal y como lo leemos con los ojos fascinados, sin
esa ciudad de la que nunca salió. El espacio determina, va dictando no sólo
atmósferas, sino formas de estar, personajes que son como son por la geografía,
incluso por la época del año. Dos ejemplos: las novelas de Jorge Amado (para
seguir con el portugués) y La peste
de Albert Camus. En esta última, se lee: “Oran es una ciudad sin estaciones…” y
de ahí en adelante, se puede esperar cualquier cosa. En busca del tiempo perdido e Historia
de dos ciudades son otros casos, así que la pregunta siguiente es obligada:
¿puede existir una obra sin lugar? El teatro nos responde, en Esperando a Godot no se fija el espacio,
pero sin la existencia del árbol que describe Ionesco, nos sería más difícil
imaginar ese absurdo. Tampoco en A puerta
cerrada de Sartre, sin embargo, la asfixia del cuarto es de por sí un
espacio a la medida de lo que el filósofo desea comunicar. La mayoría de las
veces, espacio es igual a arena dramática.
Octubre 2005.
Este semestre nos hemos repartido en diferentes
seminarios. Veo poco a los compañeros en clase, pero los miércoles hemos
instaurado una tertulia en el departamento de Johann que está frente a la universidad.
Nos reunimos con un cuento leído y lo hablamos. A veces, si no es muy largo, lo
leemos ahí mismo. Charlamos durante horas. No falta quien lleva vino y esas
reuniones terminan en fiesta. Pero antes se discute, eso no falta. Ayer llegó
un tal Juan Gabriel Vásquez que es algo así como el iluminado porque tiene un
libro editado en Alfaguara. Me pareció pretencioso, pero para los demás es muy
decente. Les doy una semana para que se lo devoren con el típico canibalismo
literario que creía sólo mexicano. En Colombia no cantan nada mal las
rancheras, por algo hay mariachis en Chapinero.
Noviembre 2005.
Yo no doy a leer lo que escribo. Me insisten, pero que
se aguanten. Ya anduve tallereando bastante en la vida. Llegué a la Javeriana
curado de espanto. Pedí una beca para Colombia porque la obra de Álvaro Mutis
me causa una fascinación que aún no puedo explicar. Algún día la estudiaré a
fondo. Me pasa igual con Juan Carlos Onetti. Decía que estudio una Maestría en
Literatura en el país de Mutis por algunos de sus escritores y porque me urgía
salir de México, pero eso es otra historia que aquí no conviene contar. Con esa
urgencia entré a la página de Relaciones Exteriores y al coquetearle a uno de
los empleados más jóvenes, me enteré de que para Colombia nadie aplica, así que
acá estoy, no debería quejarme, la beca es completa, no se atrasan los pagos,
el ICETEX no es el CONACYT, y me alcanza para un poco más de lo necesario. A
veces vuelvo a mi eterna pregunta sobre las ciudades, a esa inquietud que me
persigue, ¿y si hubiera ganado la beca para estudiar en Madrid, Austin o
Londres, estaría escribiendo este diario? No. No habría conocido a Juan Manuel
Roca, a Germán, a otros escritores experimentados.
Diciembre 2005.
Viajaré a México a mediados de este mes. Pasaré las
fiestas con la familia y volveré en enero, un poco antes de que comience el
último año del posgrado. No me emociona. Pero quedarme en Bogotá me resulta más
aburrido. Los amigos, todos, se irán de vacaciones, “de paseo”, como dicen acá.
26 de diciembre.
Hace calor en este pueblo. Había olvidado el trópico
mexicano entre las lluvias permanentes y la humedad bogotana. Hace calor. Leo,
escribo. Me urge volver a la Biblioteca Luis Ángel Arango, extraño la cuota de
los diez o quince libros que saco por semana.
Hace calor. No me entusiasma nada de lo que encuentro en la biblioteca
del cuarto de mi niñez y adolescencia. Fui muy mala lectora. “En aquel tiempo,
sólo tenía veinte años y era tan mal poeta que no sabía ir al fondo de las
cosas”, dice Blaise Cendrars en La prosa
del Transiberiano. Yo no sabía distinguir los buenos libros de los malos.
He ahí la tarea esencial de un crítico y, más aún, de un ensayista.
1 de enero 2006.
Sebastián Pineda me escribe un mail. Johann está
hospitalizado. Sufrió un derrame cerebral. Estaba en Cali, con su novia gringa
que había llegado a Colombia de vacaciones. Mi amigo le mostraba su país, de la
salsa caleña pasarían al sabor colonial de Popayán, la ciudad de donde él es
originario. No tengo más información que esas tres escuetas líneas. Tendré que
llamar.
2 de enero de 2006.
Hablé con Sebastián. Lo de Johann es muy grave, le
reventó una arteria en el cerebro. Está inconsciente. No saben si despertará.
La familia está desconsolada. Amy, la novia, no puede con el dolor. Tendré que
acelerar mi partida. Veré si puedo cambiar el vuelo.
3 enero de 2006.
Johann murió esta madrugada. Tenía sólo 25 años.
Febrero 2006.
Llegué tarde. No hubo vuelos y hasta mediados de enero
pude verme con Sebastián. Fuimos al departamento donde vivía Johann. Eli, su
hermana, nos recibió llorosa. Amy, la novia, no había vuelto a Estados Unidos.
Conversamos. Nos preguntaron qué hacer con los archivos que el finado dejó:
diarios, dos novelas terminadas, cuentos, ensayos, trabajos escolares, etc. No
nos sentíamos con ánimo de visitar su computadora. Lo hicimos por insistencia
de las dos jóvenes ante cuyos rostros no nos pudimos negar. Johann era un buen
escritor. No habla mucho de sus amistades en sus bitácoras de gran narrador en
ciernes. Consigna algunas charlas sobre Roberto Bolaño y confiesa que, si yo no
hubiera levantando la mano desde el segundo semestre pidiéndolo para la tesis
de maestría, lo hubiera hecho él. “Esa mexicana siempre se me adelanta”, acotó.
Marzo 2006.
Cuando se te muere alguien lo sigues buscando no sólo
en sus notas, cuadernos o lecturas. Le sigues la pista también con las
amistades, con los maestros que el fallecido eligió. Es el caso de Germán
Espinosa a quien comencé a frecuentar. Me había mudado a un apartaestudio de La
Candelaria y ahora era vecino del escritor que avanzaba despacio por esas
calles ayudado por un bastón. Usaba siempre traje de tres piezas en colores
oscuros, algunos verdosos. Llevaba la típica cadenita con el reloj, los lentes
y el pelo canoso, muy rizado, de los costeños de Cartagena. Hablamos de Johann
sin parar, comentamos sus cuentos, sus filiaciones literarias, su encuentro con
Bolaño que Espinosa no aprobaba. Discutimos bastante. No logré que el viejo
aceptara a mi escritor favorito. Ortodoxo, para él eso de los infrarrealistas
era puro cuento: “¿Una vanguardia a finales del Siglo XX que aparece en la
capital mexicana?, eso es ficción pura, se pudo haber ocurrido a mí, pero no,
ni el tiempo ni el lugar son propicios para una historia vanguardista que
merezca la pena, ¿no te parece?”, preguntaba y de paso comenzaba a hablar
pésimo de los políticos mexicanos, del narco de allá versus el narco de mi
país. Para él, los mexicanos son peores, más sanguinarios: “Ya verás, ya
verás”. Disfruto las tardes con Espinosa. Es un autor enciclopédico cuyo
sentido común goza de muy buena salud. Es un caníbal, sí, por eso media Bogotá
no lo aguanta, pero es buen maestro y quiere que aprenda, según él, a escribir.
Es más, confesó que todo lo que le decía a Johann, me lo irá repitiendo, que me
pasará su legado. No me importa. Yo ya escribo, pero me conmueve la intensidad
con la que habla de la novela como género, de los narradores propicios para tal
o cual trama, de la historia que lo mantiene ocupado (la de su esposa muerta,
claro). Germán también me obliga a pulir mis argumentos cuando defiendo a
Roberto Bolaño y a México. Le digo que el Distrito Federal no es una caneca de
mierda –como asegura–, que es la Ciudad de los Palacios, que no se olvide de
Alfonso Reyes ni de Carlos Fuentes. “A ellos sí los he leído como se debe, pero
a ese chileno del que hablas con frenesí absoluto, ése es un payaso”.
Abril 2006.
Es un hecho que soy la más joven de la cofradía de los
escritores paisas radicados en Bogotá. Todos los martes o miércoles almuerzo
con Jaime Echeverri, Juan Manuel Roca y uno que otro invitado de éste que puede
ser Omar Ortiz o Santiago Mutis. Espinosa no viene con nosotros porque está
peleado a muerte con Echeverri por una vetusta cuestión de faldas, pero voy y
le cuento. Se divierte con los temas de conversación y devora a sus enemigos. A
Roca no, a él lo estima verdaderamente. Aprecio a ese grupo porque Echeverri,
el archienemigo de mi maestro, es un gran cómplice, pues vivió en México siete
años y ama a mi país como nadie. Roca también tiene una hermosa deuda con la
nación azteca y siempre que puede, me cita a Héctor Rojas Herazo: “Cada vez que
llego a México mi sensación es la del retorno, la de la casa”. Ellos dos sí comprenden mi romance bolañiano,
es más, ya leyeron Los detectives
salvajes. Agradecen mi insistencia. Últimamente hemos charlado mucho de la feria
que viene, mayo está a la vuelta y dicen que debo celebrar mi “promediazo”
(todo se sabe en estos lares, todos son amigos de amigos, incluidos algunos
maestros de la facultad) no saliendo de Corferias, sino bebiendo café desde la
mañana (nunca me acostumbré a decir tinto) y alcohol por la noche. No me agrada
el sabor del guaro, la verdad. En fin, que mantendré el hígado intacto hasta
muy entrados los cincuenta. Quiero vivir para contarlo, (Gabo dixit) para ver qué más se escribe,
hasta dónde llega la crítica sobre Bolaño y ver si se publican más inéditos.
Mayo 2006.
Llegamos con Sebastián a la presentación de Dios es redondo, el libro sobre futbol
de Juan Villoro. Nos saludó muy amablemente y luego de sus entrevistas, lo
llevamos a él, junto al escritor colombiano Hugo Chaparro, al departamento de
Germán Espinosa. Cenamos platillos de Cartagena que Juan celebró cada dos minutos.
Bebimos hasta el amanecer. Antes de partir, Villoro me dedicó su novela El testigo, luego me miró fijamente y
fue por sus portafolios de piel marrón. Extrajo un libro rojo, editado por
Anagrama, el título, París no se acaba
nunca; el autor, Enrique Vila-Matas. Apenas lo vi, se me quebró un poco la
voz, disimulé, por supuesto, aun cuando Villoro soltó una frase lapidaria: “Se
lo traje a Johann, pero ahora veo que es para ti”. Resulta que él y Juan
intercambiaban correos desde hace tres años. Le había hablado de mí, de un
mexicano en su clase que “lo había leído todo”. Abracé al autor de El disparo de Argón, le agradecí el
gesto. Cuando se subió al auto que lo alejaría de Colombia, soltó otra de sus
oraciones de novela: “El libro que te di es la historia de una novela de
formación”.
Junio 2006.
Viajé a Medellín para ver el Festival Internacional de
Poesía que se celebra cada año. Es verdad todo lo que me contaron. La ciudad
enloquece con versos y los estadios sí se llenan con gente que va a escuchar
poetas de todo el mundo. En mis conversaciones con los amigos de Roca, pregunté
por Bolaño. Me topé de nuevo con Pablo Montoya y le dio gusto mi fidelidad con
el tema, “¿cómo va esa tesis?”, preguntó y sentí vergüenza, la había tenido
abandonada. La muerte de Johann y las tertulias me roban tiempo. Además, me
concentré como nunca en la maestría. Subí las notas hasta llegar a números
perfectos. Había sido fácil, sólo me enfoqué en lo que debía, organicé mi
tiempo para entregar sin apuros los ensayos. “Así lo hubiera hecho Johann”,
pensaba. Y sí, mi amigo era el mejor estudiante, el que sin duda se había
llevado el primer lugar, la medalla, los méritos, todas esas cosas que entregan
en las universidades de ese tipo. Pues bien, yo acá en Medellín y mi tesis
flotando en el limbo de las cosas que deben entregarse a más tardar a finales
de noviembre. De tanto hablar sobre la poesía de Bolaño con todo el que se me
pusiera enfrente, me siento agotada, sin esa energía creadora. Por eso vine a
Medellín, a ver si entre poetas me inspiro.
Julio 2006.
Rarezas de la vida, regresé a Bogotá y la lluvia me
hizo sentir en casa. Vi a Germán Espinosa y lo noté nervioso. Fuimos a la
cafetería de la séptima. Pidió whisky, le temblaba la mano con la cual fumaba
sin parar desde la adolescencia. Me preguntó si me acordaba de Fernando Cué, un
poeta mendicante que solía aparecer en cafeterías y plazas pidiendo dinero,
lanzando maldiciones. Le dije que sí, que a una persona tan molesta no se podía
olvidar, ya que drogado, borracho o lo que fuera, seguía a Espinosa hasta que
éste le entregaba una moneda. Varias veces, desesperado o también ebrio, Germán
había levantado su bastón en contra del vate. La miga narrativa de lo que
quiero contar es que hace unos días, Cué entró a La Terminal, el café favorito
de Espinosa, donde solemos vernos. El poetastro se acercó al costeño y le dijo:
“Germán, ¡pero qué delgado te encuentro! No vaya ser que pronto te reencuentres
con Josefina y tu alumno, el payanés”.
Me reí, pero mi contertulio seguía serio, luego explicó que Cué era
famoso por sus textos llenos de alusiones a la santería, por los collares que
usaba, etc. No hice mucho caso a la supuesta maldición que se cernía sobre él
tomando en cuenta la obra de Espinosa donde lo esotérico está siempre presente.
Bastan dos títulos de sus novelas para comprobarlo: Cuando besan las sombras, Los
cortejos del Diablo, así que lo tranquilicé, pero él insistía en que sí,
estaba más delgado e iría al médico. Yo no quise ver lo grande que el saco le
quedaba, no tengo ojos para mirar más muerte.
Agosto 2006.
De vuelta para el último semestre de la maestría.
Comienzo la tesis sobre Los perros
románticos, el único poemario que me interesa de Roberto Bolaño. Si escribo
al menos cinco páginas diarias, en octubre tendré un primer borrador. He
pensado mucho en regresar a México. Me interesa apuntalar una carrera como
escritora allí, pero también quiero continuar con la academia. Ya son muchos
años estudiando, creo que es hora de estar del otro lado del pupitre. Lo puedo
hacer. Conseguiré un contrato. Me imagino hablando de Roberto Bolaño a
estudiantes de la UNAM y cumpliendo así un destino, el de analizar una obra que
se gestó en el taller que Juan Bañuelos daba en la Torre de Rectoría.
Septiembre 2006.
A veces me arrepiento de haber elegido la poesía de
Bolaño, pero si logro revelar con suficiencia el tejido de los vasos
comunicantes que hay entre esos versos y las novelas, mi trabajo tendrá mayor
relevancia, de todas maneras, tengo notas y hojas sueltas por todos lados. Es
el cronotopo lo que verdaderamente me interesa, el Pariméxico que encuentro
como un lugar que signa la temática. No en balde Carolina López, la esposa,
explica que en territorio mexicano es donde el poeta tomó la decisión de
entregar su vida a la escritura. Quizá no fue difícil porque no estaba solo, el
mismo Bolaño era una especie de escudero de Mario Santiago Papasquiaro, el
adalid de los infrarrealistas, esa vanguardia que se opuso al stablishment literario, un movimiento
de ruptura de armas tomar; sus miembros bien podían bajarse los pantalones en
plena presentación de un libro de Octavio Paz sin otro motivo más que el
escándalo. No obstante, había algo de verdad literaria más allá del desenfreno
y la poesía de esta promoción que se autonombra, se autopublica y se
autodifunde. Bolaño es de los pocos que ya desde 1977, insisten en dejar algo
de los infrarrealistas en las bibliotecas, un libro que tres décadas más tarde
sus estudiosos buscarán como un cáliz raro y luminoso, Muchachos
desnudos bajo el arcoíris de fuego. Once jóvenes poetas latinoamericanos, publicada en julio de 1979. Con esa antología el chileno da por
terminada su participación en el movimiento, pero en la mente seguirá
recordando las andanzas de aquellos jóvenes con un romanticismo de excepción
que lo convertirá en un autor de culto. Mario Santiago morirá en 1998. Las
drogas, el alcohol y una locura a prueba de automóviles –solía caminar por las
calles del DF cerrando los ojos, sin tomar en cuenta si algún carro se
acercaba– le arrancarán la vida antes de los cincuenta años. Roberto tardó en enterarse. Su muerte detonó
la publicación de Los detectives salvajes.
Octubre 2006.
Avanzo con buen ritmo, no me detengo. Terminaré la
tesis antes de lo esperado. Ayer un profesor me preguntó por qué ese libro, por
qué ese autor, por qué no un clásico, por qué no alguien que retara,
efectivamente, mi capacidad crítica. Les respondí con las mismas ideas de
Rodrigo Fresán, escritor argentino cuyas novelas aplaudo: “Bolaño es uno de los
escritores más románticos en el mejor sentido de la palabra. Y un acercamiento
a él y a lo que escribió contagia casi instantáneamente una cierta idea
romántica de la literatura y de su práctica como utopía realizable. Unas ganas
feroces de que la vida sea escritura, de que la tinta sea igual de importante
que la sangre”, suena a un combate inútil, a una empresa imposible, pero he ahí
la receta de una obra que desarma, que atrae profundamente como un abismo o
como la belleza que Rimbaud sentó en sus rodillas; o como los ángeles de Las
elegías de Duino de Rainer María Rilke. Se trata, además, de un autor que
acaba de morir y escribe desde la última frontera una prosa activa, pero
también reflexiva, una propuesta en movimiento que no para de observar
detalles. A tener valor “viviendo en obra”, es de las tantas cosas que enseña
Bolaño.
Noviembre 2006.
La tesis está casi terminada. Pronto comenzará
diciembre y tomaré un vuelo definitivo para México. Mis amigos lo saben,
preparan despedidas, me llaman a todas horas. Yo sigo con el análisis de esa
épica latinoamericana que es la obra de Bolaño y siento que ya estoy de regreso
a Ciudad de México. Primero llega el alma y después la piel. Germán Espinosa no
está muy de acuerdo con mi partida. Lo veo más cansado, se tarda más tiempo en
llegar del café a su domicilio. Me preguntó qué voy a hacer a México, que dónde
voy a encontrar más amistades que me aprecien como en Colombia. Sonrío, el
viejo me ha adoptado de veras. Hoy lo llevé del brazo a su casa, luego de
varios tintos (ya me sale natural la palabra) vi que está en los huesos. Me
pidió que le consiguiera La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag,
se lo dejaré en la portería mañana. Al despedirnos, me abrazó fuerte. Raro en
él que es rudo, todo un macho de la costa.
Diciembre 2006
Dejé la tesis en la oficina del Director de la
Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Me sé liberada y
entiendo que volveré a Bogotá en unos meses, cuando tenga fecha de examen
final. Ahora a mandar mi CV a todas partes. He cumplido en este país y el
propio me espera. Andaré la ciudad de México con una mirada distinta. Iré al
café La Habana en Bucarelli, a la Casa del Lago, a la UNAM, a Santa María la
Ribera, a seguir, como detective, los pasos de Bolaño.
Marzo 2007.
Una tristísima vuelta a Bogotá de no ser por la
reunión que organizó Jaime Echeverri en su casa para celebrar el examen final
de la maestría y la nota que ya sabemos, un número absurdo por el que me
felicitan y me parece lo menos importante. Llegué hace 72 horas y el café con
Sebastián Pineda, de nuevo el mensajero de esta clase de noticias, me reveló la
muerte de Germán Espinosa. Cáncer de lengua. El viejo lo sabía sepa Dios desde
cuándo. Llevó estoico la enfermedad escribiendo una última novela sin descanso,
Aitana. “Por cierto, Char, en ella salimos, Germán Espinosa nos vuelve
personajes. No me digas que no lo imaginabas”, señala Pineda y me hundo en la
silla, pienso en la maldición del poeta mendicante, en los libros que no he
escrito, en que debo salir corriendo de Bogotá; hace apenas dos años bebía café
con tres personas: un escritor consagrado, su esposa y un joven narrador con
futuro. Ahora todos están muertos y llevo en la mente una historia que no pedí,
que no busqué, una carga de la que no podré deshacerme pronto, sino hasta que
me autoexilie de nuevo; hasta que pasen diez años y escriba crónicas, cuentos,
novelas que eviten a Bolaño, que me alejen de América Latina y de México, hasta
que un día sea un ensayo, paradójicamente, el que me lo devuelva.