I
El sol acaricia el Palacio de la Moneda. No podemos acercarnos, decenas de carabineros custodian la cerca metálica que impide avanzar para ver más de cerca esos muros. En lo alto, moviéndose coquetamente para la luz del invierno, esa bandera con sólo una estrella nos habla. Su lenguaje mudo, de viento y memoria, trae canciones. Es el aire duro y frío, también dulce, como Neruda calificaba su tierra, que viene de la casa donde él escribía. Es un viento que ya no huele a sangre fresca. De poesía oxidada, tal vez, de décadas en la desmemoria.
“Mañana iremos a Isla Negra”, le digo a Adrián y él sonríe. Toma fotos recargándose en la cerca. Yo cierro los ojos y recuerdo Confieso que he vivido, sobre todo el final de esa biografía, ahí, Neruda recuerda: “Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitzkrieg, de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país”.
Hace años que subrayé ese párrafo en mi mente, “aviación nazi”, repito.
Algo así sentía en Berlín, no se lo digo a Adrián ni a nuestro amigo chileno, Lucho, que nos guía. Después de todo veremos los tapices de Violeta Parra, entraremos al centro cultural, sonreiremos para más fotos, bromearemos sobre la posibilidad de un café con piernas, compraremos una lámpara, veremos más perfectas, coloridas, simétricas artesanías mapuches y, como si estuviéramos en una ciudad norteamericana, saldremos de ese edificio limpísimo para entrar a otro antiguo que contiene en su centro una plaza comercial que se parece a muchas del Primer Mundo.
Después de todo, subrayo otra vez, pero ahora con la boca llena de chocolates que compré en una boutique de cacaos muy finos, después de todo, Santiago sí se parece a Filadelfia, vuelvo a pensar y a subrayar nuevamente en la memoria, otra vez con el eco de Neruda, sus palabras en ristre, pero decaídas: “A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas”.
Hace frío. De la cordillera baja un clima húmedo. Vemos la nieve, los abrigos, las bufandas. Me parece encontrar, por las calles, varios corazones helados.
II
El mar es cínicamente azul. Las piedras, tiernamente oscuras. En ese bosque negro la arena dorada parece guardar aún las huellas de Neruda en Isla Negra. “No imaginé que fuera tan bello”, eso sí le digo a mi acompañante y no porque ahí vendan caracoles o souvenirs de plástico.
El mar es salvaje. Es una costa brava en invierno. Pero dentro de ese museo sigue el calor de fogatas antiguas, de brindis viejos, de versos flotando, invisibles, como peces verdes, detrás del poeta. La sonrisa de los mascarones de proa nos saluda. El guía que habla con cierta imprecisión de Matilde, juega con un niño. Conozco todas las respuestas a sus preguntas.
Sé, por ejemplo, que el poeta se relacionaba con el mar de esta manera:
Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no,
del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.
Estas palabras que se incluyen en Memorial de Isla Negra, dan fe de la mirada totalizadora con que Neruda nombró el mundo, de la naturaleza hiperbólica y catastrófica, de incendios y de muchísima vitalidad, con la que el poeta dialogaba. De esas conversaciones con el universo, los crepúsculos, las flores, las frutas, las olas y las odas, nació una poesía fundamental, fluvial, pudiera decirse, cuyos torrentes calmaban la sed el siglo XX signado por confrontaciones políticas entre dos bloques.
Y ahora que el imperio triunfó, el mar sigue siendo el mismo. Lo contemplo a través de la ventana donde Neruda dormía meciéndose con los sonidos de espumas y más caracolas en su colección. Lo miro en sepia, regreso al 73 cuando los soldados en ese lugar sólo encontraron algo peligroso, explosivo, la poesía.
Así, con la pólvora mojada de este milenio, salimos de Isla Negra donde caben todos los homenajes y brillan todos los versos de Pablo Neruda, donde el atardecer mitiga el ardor polar de julio, donde los extranjeros llegan a pisar la intimidad del escritor que como Alberti navegaba en tierra, donde los vasos de colores que también coleccionaba el dueño de esa morada siguen formando, todos juntos, arcoíris impecables, donde había cunas para versos y un bar pasa soñar con resolver los problemas de la época.
Casi no tenemos tiempo, es verdad, de volver sobre nuestros pasos, de mirar con minutos infinitos cada objeto de esa casa. Debemos elegir entre el paisaje, los cuartos o las claves de múltiples poemas que están vibrando allí.
Eso es todo.
Afuera, un azul cínico. Los turistas y los vendedores. Los letreros de los restaurantes.
Eso es todo.
Afuera, un azul cínico. Los turistas y los vendedores. Los letreros de los restaurantes.
III
El regreso se parece al despertar dentro de un sueño incoloro. Los grises de Santiago, las lluvias que cortan la piel.
Camino por la calle Maruri, donde el poeta escribió su primer libro, y sí, esas mismas tardes sobreviven, esas funciones del cielo después de las seis. Todo cambia y no. En la casa de La Chascona las flores aún sueltan su perfume, las sillas y los escalones permanecen. Le pasa lo mismo a la medalla del Premio Nobel, las cartas de navegación, los cuadros y los mosaicos.
También el capitán de sus versos, de sus viajes, el capitán combatiente, comunista, diplomático, el genio de la lengua y el amigo de poetas y pintores, el amante irredento, el que es un yo que se enmascara con el mismo rostro, que se construye a partir de la lluvia, el bosque chileno, la selva, la cordillera que acogió su exilio, están ahí. El explorador de la vida que pudo y quería comerse todo el mundo, beberse todo el mar, como un espectro nos observa negándose a convertirse en marca, en una icono a lo Frida.
Y es que tal vez cuando hablamos de Pablo Neruda la evolución de su obra, de adolescente deprimido en Crepusculario a biógrafo en Memorial de Isla Negra, el talento y la pluralidad de temas, influencias, recursos, intenciones, nos rebasan. Corremos el riesgo estético de quedarnos en el hechizo de uno o varios poemas aprendidos de memoria, de ésos que pertenecen al mundo, que han logrado conquistas, matrimonios, que se han convertido en amuletos o argumentos revolucionarios. Quiero decir que nos arriesgamos, incluso, a quedar conformes con la imagen del poeta de pipa y boina.
Porque no es sólo la fama de Neruda lo que debe homenajearse, tampoco su infinita contribución a la literatura latinoamericana, eso es incuestionable, sino lo que algunos llamaban su terquedad con y para la poesía, es decir, esa actitud a prueba de balas, asesinatos, persecuciones, destierros y traiciones, ese abrazo que le dio a la palabra por encima de sí mismo hasta convertirse él mismo en verso o en leyenda.
Estamos hablando de un Quijote mucho más erótico y sin escudero, un Che Guevara del lenguaje cuya misión era antes que nada la belleza y sus ritmos, sus denuncias, un político de la expresión multimembre, un defensor de España con sangre por las calles, de América y sus cantos, de extravagantes maneras de entender la modernidad, de residencias en la tierra y en el cielo como los pájaros que lo inspiraban, de navíos con brújulas vesperales, de honderos entusiastas que no sueltan las estrellas, de poemas de amor a quienes se les habla como a hombres distraídos, de alturas de Machu Pichu irrenunciables, de memorias que derraman la misma lluvia de un bosque chileno, ahora fantasmal, hacia donde partió hace algunos años.
En suma, un Neruda que seguirá infinito, inabarcable, diverso, sugerente, tanto, que dentro de su vida vivió México como una pequeña águila equivocada circulando por sus venas.
Ahora el sol toca el centro de Coyoacán, un sol viejo. Abro los ojos, ya no estoy en La Moneda.
Alma Karla Sandoval, Cuernavaca, México, 2013
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