martes, 17 de septiembre de 2013




Los que nos fuimos sin las cosas


Eliana Albala



          Cuando te mueres,

alguien se posesiona
de tus huecos.
Quise decir
tus cosas,
simplemente las tuyas,
que deshabitas
y despueblas.

           Si tú te mueres,

otros se adueñan 
de tu historia.

        Si te fuiste sin cosas,

no queda alternativa:
estás afuera 
para siempre.

        Pero, ¡cuidado!,

si regresas
y pides
lo que creías que era tuyo,
las cosas te traicionan, se marchan, retroceden,
se adheren a los otros
ya vacías
y extrañas.

Los que se han ido sin sus cosas
simplemente se han muerto
privados de memoria,
locos fantasmas
olvidados.
Cuando regresen
de otros mundos
volverán a la nada.

            Si tan sólo regresas

como los magos
o los malabaristas que giran las muñecas
con las manos livianas y vacías…
no serás más que un muerto
que ha perdido la tierra
y las raíces.
Te entregarán un mundo
de palabras huecas.

            Los herederos permanecen

para llenar tus cosas
con la historia de ellos.
El mundo está colmado de los que te heredan.

            Si te vas lejos, si te vas,

guardas tus cosas
bajo siete llaves.
Cuando retornas
ya han cambiado las puertas.

            La tierra es una sola,

el mismo sol
en todas partes.
Hay vastos campos sobre el mundo,
alumbrados,
y flores
coloridas.
Trigo amarillo y nubes
que simulan formas.
 Y montañas,
y por allá –tan altos- los volcanes.
Tierras baldías, muchas veces.
No es cierto.
No somos desterrados.
Nada más, simplemente,
lo que nos fuimos sin las cosas.

            Te vas tan leve

como los turistas:
completamente alado.
Vuelves materialmente a lo concreto.
Pero las cosas se han llenado de otros recuerdos:
tu historia ya no existe.
Sólo las cosas sustentan la memoria.
¿Dónde está el molinillo
de moler la pimienta?
¿Dónde mis blandos, dulces libros
rayados, subrayados?

            Los que se fueron

dejaron muchas cosas.
Por ejemplo, mis libros:
los libros pesan tanto.
Un Baudelaire forrado en cuero
perfumado
con ridículas letras
pretensiosamente doradas:
sencillamente un incunable. Ideas.
Algún objeto más allá del objeto.
Cierto lugar de la ciudad, sin duda,
hollado
y consumado, lleno de ti
y de mi,
con nuestros corazones
grabados en los árboles.


Casas con sus olores
tan suavemente cotidianos.
Y estanterías colocadas en las paredes del alma.
Umbilicales pupilas del amor
o el miedo:
abrazos en los parques,
furtivos escondites
para alejar a madres y nodrizas.
Promesas sin cumplir, seguramente.
Pagarés no pagados.

            Historia quiere decir abuelas,

bisabuelas,
supervivencia solidaria.
Sin mis voces
soy solo
y el mundo está vacío.
Cuando regrese
voy a llegar
con veinte kilos
de uno que otro incidente
salpicado de tumbas.
Sin nada que perder
o que entregar:
hueco de signos.
Simplemente
sin nada.

            Las cosas nos traicionan.

Los que nos fuimos sin las cosas
regresaremos a la nada:
otras historias,
otros recuerdos,
fetiches,
muertos amuletos.

            Me voy,

y las cosas entonces
se llenan de otros síntomas:
extrañas
polisemias.

            Hubo también algunas esperanzas:

amores perdidos.
Después no son sino tristezas
que alguna mano diligente
botará a la basura.

            Muertos papeles

ya podridos
en el gran basurero
de las cosas inútiles: infancias,
mocedades,
besos furtivos en los parques,
desmemoriados besos muriéndose de miedo.
Murmullos –como de muerto-
flotando
en las esquinas.

            Tu voz de calle en calle

sonando diferente.

            Conversaciones

bajo un árbol
que se quedaron en el aire
colgando de la lluvia:
en cada gota
de una liviana sílaba inexperta.

            Cosas: antigüedades llenas de raíces.

Cambios de dueño: propiedad privada. Cambios de valores: ideologías que se guardaron
en los cementerios
Celosamente horizontales,
laboriosamente foliadas.
Cambios de precio: las cosas, ¿cuánto valen?
Cambios de uso: ciertas degradaciones
muchas veces injustas.
Cambio de sueños: ¿dónde están mis poemas?
Cambio de historia.
Cambio de recuerdos.
Cambio de memoria.
No vayas.
No regreses.
ya no hay lugar
porque bodegas
y desvanes, y armarios
y alacenas, y perchas
y gavetas
Se atiborran de cosas
y fantasmas.

            He aquí qué lejos

han quedado tus caos
y tus génesis.
¿Pertenecimos alguna vez a otro planeta?
¿A otro dios?
¿A otros espacios mundanales?

            Desmemoriados repartidos,

lanzados,
desperdigados por el mundo,
escuchen:
Cuando regresen, ya no recordarán su propia historia,
podrida en la basura de las cosas inútiles.
Palabras que caían una a una rodando:
se fueron por el río,
airadas y livianas, sin siquiera mojarse.
Nosotros: los amnésicos.

            Nosotros los amnésicos,

¿en qué idioma
desarraigamos nuestra vida?
¿Pensando qué palabras,
escuchando qué ruidos
amontonábamos el tiempo,
las lentas muertes cotidianas,
la inevitable
perfección
del cosmos?

            ¿Con qué mano

nos abrochamos el abrigo
el día en que nos fuimos?
Esto sí lo recuerdo:
corría un viento helado,
Una brisa maligna.


           

Eliana Albala nace en la ciudad de Temuco, Chile. Llega a México en abril de 1974. Ha recibido importantes premios nacionales e internacionales como poeta, cuentista, ensayista y personalidad artística. Numerosos artículos, cuentos y poemas suyos han aparecido en periódicos y revistas de México, Estados Unidos, Centroamérica y Chile.


No hay comentarios:

Publicar un comentario