Es que a mí no me engañas, cariño, pero voy a escribirte para que no piensen que no soy nacionalista, que no me he dejado contagiar de ese virus y sus fiebres esperanzadoras. Nada más para no llevarles la contra porque dentro de poco eso será casi un pecado mortal. Decía que te conozco, me enseñaron a quererte desde pequeña, y si no, pues al menos a mantener distancia mientras las otras y cuando crecí, también yo misma, suspiraba. Todo lo bueno: el epítome del valor, de la masculinidad, del decoro, de la moral, de la gallardía, de la vergüenza, recaían en ti como lluvia que atajaba tu sombrero de ala ancha.
Siendo morelense, pues ni hablar, a quererte, a respetarte, a guardar silencio el 10 de abril, a celebrar tu
ceño fruncido, tu gesto de
hombre enojado, indignado porque nos han dado la
tierra y nos la han quitado, porque esa imaginería, ese
constructo, ese pedazo de concreto o de lodo, la
tierra, es de quien la trabaja
con sus propias manos –sí, como el orgasmo –, así que mejor pensar en la tierra como una idea de caña, de arrozal, de
monte azul, de calor, de canal con
agua fría que viene corriendo desde
los volcanes donde la libertad de la que hablabas era posible. Patrañas,
cariño. Pero voy a seguirle para que no digan que no te veo
como un Pedro Infante de las armas con un estilazo para vestir del que carecieron Victoriano Huerta,
Carranza o Villa. Ninguno como tú, entrañable cuatrero. Ninguno con ese
bigote pobladísimo. Toda hipérbole era poca cosa a tu lado. No sé cómo no te despeinabas,
válgase la comparación con el
juarismo.
Entre amarte y temerte había tan
poca distancia que el deseo era total, rotundo, omniabarcante; zapatista el
deseo y su misma forma de desearte,
lindo capataz, pero capataz al fin y
al cabo. Por mucho que te aplaudan, te llenen de coronas de crisantemos baratos. Por más museos, bustos, reivindicaciones,
libros, leyendas, hijos y amantes hombres que te cuelguen
como santos de cera empuercada por la fe, a mí
no me engañas. Yo no perdono la revolución porque fue guerra
y no porque no me hayan enseñado
a glorificar su desastre, no porque no lo haya aprendido para sacar diez en Conducta
y en Historia, pero ahora dudo, guapo. Ahora que tengo dos dedos de frente y
lecturas como para echarte la culpa de lo que pase como en una canción de Cuco o en un poema de José Alfredo.
Ahora más que nunca porque una verdadera revolución, no como la
tuya, nos hace falta. Lo tuyo fue pura orgía y puro cuento porque
militaste del bando
de los fuertes, aunque nos hiciste
creer que defendías a los campesinos.
Lo digo por ese aire de arrogancia, tanta
suficiencia, tanta seguridad, tanto poder, tanto machismo, tanto váyanse a la chingada con su politiquería, con sus acuerdos. Ay, qué hermoso era tu pragmatismo. Pero tenías claro y no lo que querías. Te sentaste en el trono y fue un
error. Posaste para la foto con el
águila detrás. Tomaste lo que quisiste.
No tuviste miedo, firmaste.
Provocaste. Dirían que moriste igual que tu angélica llegada al mundo. Sólo eso les
hace falta escribir. No, les falta
mucho porque van a encontrarte
virtudes que ni tú querías
representar. Tu performance lo sabías
de memoria, darling, eso sí te reconozco, que hayas sabido engañarnos,
disfrazarte de héroe. ¿Qué es la lucha sino una representación entre
fuerzas? Pero no entre el bien y el
mal, sino entre el mal y lo peor. Lo sabías
porque no nos hagamos,
de que no eras tonto, no eras tonto. Hasta supiste
la
hora en la que te iban a matar y no te importó. Precioso
suicida, a eso no se juega.
¿Deseabas morirte?, ¿por qué no lo dejaste dicho
en una carta?, ¿a qué amante en
turno se lo confesaste? A ninguno, claro, porque los hombres no se rajan, no muestran dolor, incertidumbre, los hombres siempre quieren
vivir para seguir compitiendo. Pero tú jamás hincado, eras demasiado bueno para
ser verdad. He ahí mi problema,
querido: no hay nada más triste que
invertir la vida en la vida que quiere ser una leyenda. Aunque
se logre porque esas épicas, necropolíticamente hablando, un cuento de hadas sucio. Sí, cariño, soy cínica.
No aprendí a respetar la
memoria porque es una imposición como un cartón donde me dicen qué valores debo cultivar en una
tierra que no es jardín, que es una
inmensa fosa común, un lienzo que ni Dante imaginó. Y es la pura verdad. No creo que tú hayas fusilado a tantos. Y no me quito el vestido porque no eres Villa,
no sé si estés de humor y hoy
no me
ofrezco.

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